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domingo, 23 de noviembre de 2014

¿Destino o casualidad?

Hogar. Ojalá sea el siguiente paso en mi aventura. Sólo quiero (necesito) coger ese vuelo de vuelta a casa. Pero empecemos por el principio...
Es una pena que después de tantos días sin escribir (por falta de tiempo y acceso a Internet), tenga que hacerlo precisamente hoy, un día en el que me siento débil y sin fuerzas. Paradójicamente, escribir, mi terapia, es aquello que me anima y, aunque me cansa en este momento, sin ninguna duda alivia.
Todo empezó la mañana de ayer. Era mi penúltimo día en Bangkok y, por ello, quise madrugar para visitar por última vez la ciudad con mi mochila a la espalda y mi cámara de vídeo en mano.
Después de dar vueltas varias horas bajo un sol abrasador quise hacer una pausa para tomar un café granizado. Paré en uno de los puestos de vendedores ambulantes que abarrotan la ciudad y por 10 bath (20 céntimos) me pedí uno de esos cafés que tanto he tomado desde que llegué a este continente. Estaba bueno, aunque tenía un gusto diferente. Le dí cuatro o cinco sorbos cuando de repente un hombre que iba con prisas se chocó conmigo y tiró todo el café, que acabó derramado por el suelo.
El hombre se disculpó y yo, con una sonrisa, aunque un tanto molesta por haberme quedado sin mi refrigerio, acepté sinceramente sus disculpas. Pensé en comprarme otro. Total son 20 céntimos, pero ya estaba lejos y no quise darme media vuelta.
Y sólo puedo decir gracias a Dios. Gracias a que ese hombre me tiró el café granizado y a que decidí no comprarme otro. No doy tanto las gracias a que me entrara sed en el momento y sitio menos oportuno. Pues además de un gusto diferente lo que tenía ese café eran hielos (lógico al ser café helado). Lo que no es tan lógico es que, en lugar de usar hielos de bolsa, probablemente el vendedor puso agua del grifo, pasándose los protocolos de Sanidad por el forro.
Conclusión: una bacteria en el estómago, día y medio soltando el alma por la boca (y aunque suene mal decirlo, lo que no es la boca), visita al hospital, pago por hospitalización de 300 euros (que espero que mi seguro médico me devuelva) y una discusión con el doctor que me quería ingresar hasta mañana cuando mi vuelo es esta madrugada, con un coste adicional de 800 euros. Al final le lloré un poco y aceptó la posibilidad de ahorrarme el coste y mi ingreso una noche más, tras haber firmado un papel informando de mi salida prematura.
Ahora, a pesar de que éste ha sido el mejor viaje de mi vida (ya hablaré de todo ello cuando me reponga), sólo espero que no haya consecuencias más allá de una infección estomacal, que la bacteria se dé a la fuga y que esta noche sea capaz de coger ese vuelo que me lleve a casa.
17 horas con escala en Doha (Qatar) más tres horas de espera y alrededor de una para llegar al aeropuerto con una maleta de 30 kilos, que podría llevar perfectamente sino fuera porque hasta escribir me cansa. Casi un día. Cercano y lejano al mismo tiempo. Ahora mismo no pienso ni en médicos, ni hospitales, ni dolores. Sólo pienso en llegar.
Ya me haré pruebas en España, ya lloraré al abrazar a mi familia y sonreiré al ver a mis amigos. Ya les contaré a mi gente la historia del puesto ambulante y de mi salvador con prisas. Si estoy tan mal por unos sorbos de café granizado, ¿qué hubiera pasado si me lo hubiera bebido entero? Si volviera a ver al hombre que me tiró la taza le daría las gracias y le invitaría a un café, eso sí. hecho en mi casa y sin hielos.