Cuando te levantas pisando fuerte, te asomas a la ventana y te importa nada y menos que los días soleados hayan dado paso a un tiempo gélido y gris.
Cuando miras al espejo y te gusta lo que ves. Cuando te sientas en el autobús tan ensimismada en tu música y tan absorta en el paisaje que hasta te saltas la parada.
Cuando tu rutina diaria es ahuyentar problemas y provocar sonrisas.
Cuando dejas de aferrarte a recuerdos compartidos con personas del pasado para pasar a disfrutar momentos con aquéllas que enriquecen tu presente. Cuando dejas de concentrarte en la puerta que se ha cerrado sino en la ventana abierta y decides continuar. Puede que eches de menos una parte de tu vida pero, al fin y al cabo, es sólo una parte, nunca tu vida entera.
Cuando abandonas la culpa y acoges la aceptación, cuando se disipa esa sensación de angustia y, de nuevo, respiras tranquila. Cuando sientes que nada ni nadie puede pararte y no buscas excusas sino nuevos objetivos. Cuando quieres comerte el mundo.
Cuando aprecias los pequeños detalles que te convierten en grande, cuando haces de tu trabajo un hobby y de tu vida, una aventura.
Cuando dejas de permitir que los errores del pasado y tus preocupaciones sobre el futuro arruinen el presente, tu regalo más valioso.
Cuando dices adiós al miedo y das cabida al amor, a ti misma y a los otros. Cuando tu corazón vibra y tus ojos brillan... Es cuando te das cuenta de que la felicidad es un camino. Nadie puede andar por ti pero sí seguir tus pasos.
Recuerda, la felicidad es contagiosa.
