Duele la ausencia, quema por dentro.
Duele el recuerdo del alba cuando sólo hay noches gélidas.
Duelen las despedidas.
Y aún así son necesarias, para cerrar etapas, para pasar el duelo.
Resulta aún más difícil asumir una ruptura cuando sólo hay indiferencia y cobardía disfrazada de silencio. Es mejor un adiós sin anestesia que un falso hasta luego.
Pero tú, cómo sientes y te entregas, te aferras al mínimo detalle para alargar una amistad o una relación condenada a la distancia. Hasta que te cansas de dar todo y recibir migajas.
Tu error fue creer que has de insistir en que alguien te acompañe. Quien bien te quiere, caminará contigo sin que tú se lo pidas.
Volverá a ti, porque cuando el amor es mutuo y no unidireccional, sobran las súplicas, no hay distancia ni vence el miedo.
Así que no agotes tus fuerzas en retener a personas que prefieren alejarse. Si tú no mereces su tiempo, ellos no merecen tus lágrimas.
No sientas que has fracasado y que ya no resplandeces. Porque tú eres sol.
Habrá gente que, sin pena ni gloria, entre y salga de tu vida. Personas que poco a poco se ganen tu confianza y otras, que desde el minuto cero, dejen huella en tu memoria. Gente intermitente, que aparezca sólo cuando más convenga y otros que, sin condiciones, te regalen lo más valioso que tienen: parte de su tiempo y un trocito de corazón.
Son los últimos los que merecen que con ellos compartas tus ganas, tus sueños, tu energía, tu esencia. Son éstos y no los demás los que se han ganado a pulso cada segundo vivido con ellos.
Deja de esperar y de nadar a contracorriente. Aprende a dejar ir y, al recordar, pasarás del dolor al alivio.
No pienses en quién no está, sino en quién sigue a tu lado.
Y sonríe. Tú eliges si amanecerá de nuevo.
Porque tú eres sol.

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