Si fuese a morir mañana no perdería ni un instante en demostrar que tenía razón ni en quedar por encima de nadie. No malgastaría energía en discutir con el único fin de conseguir una aprobación o una palmadita en la espalda. No culparía. Le daría una patada al orgullo y una regañina al ego.
Si fuese a morir mañana no volvería a sentir rabia, ni rencor, ni frustración, ni autocompasión, ni celos.
Compartiría al doscientos por cien el amor que recorre mis venas y emana de dentro. Porque, aunque no lo recordemos, estamos hechos de amor. Forma parte de nosotros, es lo que nos hace latir e ilusionarnos, aunque por orgullo y, sobre todo, por miedo a veces nos olvidemos de que es lo que hace que la vida merezca la pena. Nuestra razón de ser. Ni el poder, ni la fama, ni la reputación ni el dinero. Simplemente, puro amor.
Dejaría de lamentarme por lo que he hecho mal, no juzgaría a nadie, ni siquiera a mi misma. Cambiaría crítica por comprensión y peleas por abrazos. Negatividad por energía positiva.
Si supiera que me queda un día de vida también mandaría al carajo a quién fuera necesario, sin importar las consecuencias ni lo que los demás pensaran de mí. Y sería plenamente coherente. Diría no cuando es no y sí cuando es sí. No haría nada por compromiso, pensaría en mis necesidades por encima de todo, aunque suene egoísta. A veces, hay que serlo. Porque yo soy la única persona con la que voy a estar el resto de mi vida.
Si fuese a morir mañana las lágrimas se escaparían a borbotones de mis ojos pero no serían de tristeza sino de agradecimiento, por cada beso, abrazo, sonrisa, por cada momento mágico que la vida me ha regalado.
Diría lo siento, gracias y te quiero. Mil veces, hasta agotar mi saliva. Quizás suene paradójico pero no tendría miedo. No dejaría que mi alma se nutriera de ese fantasma que hace que carguemos con el peso del pasado y que nos paraliza por pensar demasiado en un futuro incierto. No dejaría que ese sentimiento me arruinara el presente. Extraería el jugo del aquí y el ahora al máximo. El Carpe Diem sería el lema del último día de mi vida.
No temería confesar mis sentimientos y sería transparente, pura. Le daría las gracias a las personas que más quiero, a mi familia por ser mi mejor regalo y a mis amigos por aceptarme tal y como soy. Tampoco tendría miedo de abrirme con esa persona que ha aparecido en mi vida. Le confesaría cómo en tan poco tiempo me ha devuelto un poco de ilusión. Salga bien o mal, sólo por recuperar una pizca de ese sentimiento ya ha merecido la pena.
Perdonaría a la única persona que me ha hecho realmente daño porque no merece la pena conservar odio en nuestro corazón. De hecho, creo que ya lo he perdonado, pues el odio nos hace más daño a nosotros mismos que a nuestro peor enemigo.
También agradecería a esa persona especial el haberme hecho evolucionar en estos últimos años como no lo he hecho en mi vida. Por hacer que entre los dos lo bueno se comiera a lo malo. Por hacerme aprender y por aprender conmigo. Por haberme prestado el libro que hoy terminé y me dio la respuesta. En mis últimas horas, escaparía del sufrimiento. Elegiría ser feliz.
Suena bonito, parte de un plan perfecto, ¿no? Pues vivamos hoy como si fuera nuestro último día.

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