Cuando pasas de todo a nada duele. Duele la indiferencia. No digo que no la entienda ni que no la acepte pero aún así quema por dentro.
Me pregunto cuánto tiempo podré aguantar este fuego. Y sí, asumo lo que hay pero aún así siento pánico de no poder recuperar nuestra esencia, lo que más nos caracterizaba. Dicen que la amistad es difícil de romper pero hemos jugado tanto con ella que la hemos confundido y ha pasado de acero a un cristal delicado que lucha por no caerse. Asumo mi parte de culpa y a la vez no quiero buscar culpables.
Odio sentir miedo, odio sentir rabia pero lo que más me duele es tener que responder con indiferencia cuando nada de esto me es indiferente.
Ya ni siquiera quiero el todo, créeme, dejé de quererlo. Sólo querría empezar de cero. Lucho por no juzgar, ni presuponer, por respetar y alejarme. No me importaría está distancia si no temiera que fuera permanente.
Lo sé, hoy soy débil y habla por mí el miedo. No obstante aún me queda mucho más amor guardado. Gracias a Dios que en mí es una energía renovable. Hasta en el caso de separarnos para siempre, aún así, te prometí que siempre te enviaría una dosis de todo este amor, quizás sin que tú lo sepas, quizás desde la distancia. Pero en días como hoy no me conformaría con darlo. También necesito que tiren de mí, también quiero recibirlo. Aún así, simplemente escribo y me resigno. Cambio lo que realmente necesito, un abrazo, por lo único que puedo hacer: evadirme con mis palabras.
Hoy por hoy me aferro al respeto y desafío la lógica. No me queda otra opción. Recordaré el todo aunque ahora no tenga nada.
En mi equipaje no sólo hay ropa, hay vivencias, frustraciones, éxitos, experiencias, amigos, cultura. Hay mundo. Irlanda, Inglaterra, Malasia, Singapur, Tailandia, Austria... No pienso detenerme. En cierto modo, me gusta el orden caótico de mi vida en una maleta.
Translate
lunes, 15 de junio de 2015
miércoles, 10 de junio de 2015
Cuestión de ganas
Hacía tiempo que quería escribir sobre ti. No encontraba el momento, ni la fuerza necesaria.
Desde que te vi me lo pusiste difícil. Te notaba reticente. Intenté por todos los medios hacerme un hueco pero al principio hallé un vacío inmenso entre tú y yo que en algún que otro momento me llevó al límite. Estuve a punto de tirar la toalla, de decirte adiós, para siempre.
No obstante, algo, aún no sé muy bien el qué, me mantuvo a ti atada. Quisiste ponerme a prueba, una y otra vez, una y otra vez. No te bastaba con verme con ganas, no te bastaba con todo mi esfuerzo, no tenías suficiente. Siempre me pedías más.
Ahora sé por qué. Era cuestión de equilibrar la balanza. Tenías tanto para ofrecerme que no podías darlo todo de una sola sentada. Tuve que ganarte poco a poco, tuve que aprender a quererte.
Me has hecho fuerte, me has dado calma, me has ofrecido vitalidad, energía y esperanza. Sigo firme en la conquista. Pues, aunque te conozco desde hace poco, sé que me exigirás constancia.
Te empiezo a entender. Sólo necesitas tanto amor como yo. Que muera por colmarme de ti, que te eche de menos cuando me aleje, que quiera seguir a tu lado a pesar de los malos momentos y que me eleve contigo al cielo.
Créeme, lo conseguiste. Gracias por equilibrarme, por ayudar a descubrirme, por ponerme a prueba, por animarme a quererme y, sobre todo, por hacerme aceptar que no todo tiene una razón lógica. Lo que hoy es una perdida quizás mañana será una ganancia.
No sé cuánto durará lo nuestro. Siempre, jamás, nunca o eternamente son palabras que hace tiempo escaparon de mi vocabulario. Pero te prometo algo. Haré que te enamores de mí como yo de ti lo estoy haciendo, haré que me aceptes y no me dejes escapar.
Viena, lucharé porque funcione. Es sólo cuestión de tiempo. Es sólo cuestión de ganas.
Desde que te vi me lo pusiste difícil. Te notaba reticente. Intenté por todos los medios hacerme un hueco pero al principio hallé un vacío inmenso entre tú y yo que en algún que otro momento me llevó al límite. Estuve a punto de tirar la toalla, de decirte adiós, para siempre.
No obstante, algo, aún no sé muy bien el qué, me mantuvo a ti atada. Quisiste ponerme a prueba, una y otra vez, una y otra vez. No te bastaba con verme con ganas, no te bastaba con todo mi esfuerzo, no tenías suficiente. Siempre me pedías más.
Ahora sé por qué. Era cuestión de equilibrar la balanza. Tenías tanto para ofrecerme que no podías darlo todo de una sola sentada. Tuve que ganarte poco a poco, tuve que aprender a quererte.
Me has hecho fuerte, me has dado calma, me has ofrecido vitalidad, energía y esperanza. Sigo firme en la conquista. Pues, aunque te conozco desde hace poco, sé que me exigirás constancia.
Te empiezo a entender. Sólo necesitas tanto amor como yo. Que muera por colmarme de ti, que te eche de menos cuando me aleje, que quiera seguir a tu lado a pesar de los malos momentos y que me eleve contigo al cielo.
Créeme, lo conseguiste. Gracias por equilibrarme, por ayudar a descubrirme, por ponerme a prueba, por animarme a quererme y, sobre todo, por hacerme aceptar que no todo tiene una razón lógica. Lo que hoy es una perdida quizás mañana será una ganancia.
No sé cuánto durará lo nuestro. Siempre, jamás, nunca o eternamente son palabras que hace tiempo escaparon de mi vocabulario. Pero te prometo algo. Haré que te enamores de mí como yo de ti lo estoy haciendo, haré que me aceptes y no me dejes escapar.
Viena, lucharé porque funcione. Es sólo cuestión de tiempo. Es sólo cuestión de ganas.
domingo, 7 de junio de 2015
Yo, yo misma y mi compañía
Siempre me ha gustado estar rodeada de gente. Disfruto al máximo tanto de una conversación trascendental entre amigos, familiares o conocidos como de los más absurdos tópicos y comentarios disparatados que escapan sin ningún filtro del cerebro a las cuerdas vocales.
Pero si hay algo que estoy descubriendo en esta ciudad es a dialogar conmigo misma. El hecho de tener un comienzo difícil en Viena y de, al principio, conocer a tan sólo unas pocas personas hizo que aprendiera a disfrutar de la que creía mi peor enemiga: la soledad.
Ahora varias cosas han cambiado. Mi círculo de amistades se ha ampliado y, como en cada experiencia en un nuevo país, personas increíbles, diferentes y especiales a su manera se han inmiscuido en mi vida.
Sin embargo, estoy notando un cambio mayor, especialmente a lo largo de esta semana, y es que cada vez disfruto más de mis momentos conmigo misma. La felicidad es mayor cuando se comparte pero si logras impregnarte de ella aún estando sola es cuando caes en la cuenta de que, a veces, para ser feliz sólo se necesita tu propia paz interior.
El Danubio a mis pies, rayos de sol tostando mi piel cada vez menos pálida, música danzando por cada uno de mis músculos y mis propios pensamientos. Ayer no necesité nada más, nadie más.
Toda compañía es buena, la de los demás y la de uno mismo. Y lo que antes era una situación forzada ahora se ha convertido en pequeños momentos de serenidad que yo misma busco.
La soledad tiene dos caras. Puedes verla como una carencia o como una oportunidad para aprender a descubrirte. Además de deleitarme de un rato agradable con aquellas personas que acompañan mis días,Viena me ha enseñado que a veces yo misma también puedo ser mi mejor compañía.
Pero si hay algo que estoy descubriendo en esta ciudad es a dialogar conmigo misma. El hecho de tener un comienzo difícil en Viena y de, al principio, conocer a tan sólo unas pocas personas hizo que aprendiera a disfrutar de la que creía mi peor enemiga: la soledad.
Ahora varias cosas han cambiado. Mi círculo de amistades se ha ampliado y, como en cada experiencia en un nuevo país, personas increíbles, diferentes y especiales a su manera se han inmiscuido en mi vida.
Sin embargo, estoy notando un cambio mayor, especialmente a lo largo de esta semana, y es que cada vez disfruto más de mis momentos conmigo misma. La felicidad es mayor cuando se comparte pero si logras impregnarte de ella aún estando sola es cuando caes en la cuenta de que, a veces, para ser feliz sólo se necesita tu propia paz interior.
El Danubio a mis pies, rayos de sol tostando mi piel cada vez menos pálida, música danzando por cada uno de mis músculos y mis propios pensamientos. Ayer no necesité nada más, nadie más.
Toda compañía es buena, la de los demás y la de uno mismo. Y lo que antes era una situación forzada ahora se ha convertido en pequeños momentos de serenidad que yo misma busco.
La soledad tiene dos caras. Puedes verla como una carencia o como una oportunidad para aprender a descubrirte. Además de deleitarme de un rato agradable con aquellas personas que acompañan mis días,Viena me ha enseñado que a veces yo misma también puedo ser mi mejor compañía.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

