La vida te sorprende. Unas veces para bien, otras para no tanto. Trasladarme a Viena para estar cerca de, en su momento, la persona que más me conocía sólo consiguió el efecto contrario: convertirnos en dos desconocidos que se alejaron, probablemente, para siempre. Y aún así, no me arrepiento, por una sencilla razón. Cuando tomas una decisión desde el amor y no desde el miedo, no existe el error sino el cambio.
El gran fallo es no arriesgar, no lanzarse al vacío, no apostar todo a una carta, no luchar.
Tendemos a querer controlarlo todo, a temer lo desconocido, a poner una connotación negativa a la palabra "complicado". Ésa es, precisamente, nuestra gran equivocación ya que las dificultades nos dan el impulso que necesitamos ante una situación límite, con los cambios maduramos y cuando más vivos nos sentimos es al saltar al vacío.
Entonces juguemos, aunque a veces perdamos. La derrota no es tan dura si has luchado.
Sí, me gusta la gente luchadora, que se mueve por el amor, que sabe escuchar su voz interior, amante de los pequeños detalles y enemiga de su zona de confort. Aquéllos que corren riesgos para descubrir hasta dónde puede llegar. Apuesto que ésas son las personas que realmente llegan lejos.
Arrepiéntete sólo de lo que no has intentado.
Me dan ya igual los: "te lo advertí" o "te lo dije". Siempre me guiaré por mis pálpitos, aunque pueda salir mal. Siempre. Porque ellos son los que me han llevado a vivir las experiencias más satisfactorias de mi vida, los que me han permitido experimentar, descubrirme a mi misma y crecer.
Sería ideal alinear mente y corazón pero si tengo que elegir, lo siento, soy visceral. Y, aunque a veces me equivoque, vivo mi vida y me gusta.
Huye del miedo y no del cambio.

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