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martes, 8 de marzo de 2016

El secreto

Perdida. Buscando un refugio en un mundo que no comprendía, ni la comprendía a ella. 
Ataque como defensa. Ésa era su ley, su escudo. Un modus operandi condenado al fracaso, a una merecida derrota que la rompía por dentro. 
La evidencia de su cuerpo desnudo contrarrestaba con la exasperante costumbre de ocultar sus sentimientos. Su alma sufría lo que sus labios callaban.
Cuánto ruido hacía tanto silencio...
Aparentaba calma cuando en realidad la inquietud gobernaba su universo, tan alborotado y oscuro como su pelo cardado.
Sus fulminantes ojos no eran señal de amenaza sino su peculiar grito de auxilio, una rebelión contra sus propias sombras que, sin tregua, iban ganando terreno. 
Se iba haciendo más pequeña en un infinito inmenso, presa en su propia cárcel, esclava de sus temores.
Con los ojos secos, lloraba el corazón, empapado de tristeza.
Sin cesar, miraba a su alrededor buscando un ápice de suerte, la clave que la sacara de aquel infierno en la Tierra, de aquel castigo autoimpuesto. Hasta que cesó en su afán de buscar fuera el secreto, su poder, que dentro de ella dormía.
Puso fin a ese letargo.
Y en las tinieblas, eligió la luz, eligió amarse como nunca antes lo había hecho. Amó su tez suave y delicada, sus imperfectos lunares, su escondida fortaleza, sus luces, sus sombras, su esencia.
Y volaron sus miedos...

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