Érase una mujer a una sonrisa pegada, érase una sonrisa superlativa.
A diario, la sacaba a pasear, vistiendo de luz calles sombrías, irradiando candor en cada uno sus pasos, armoniosos, cortos y tranquilos, pues odiaba las prisas, desafíaba el reloj.
No medía el tiempo en segundos sino en abrazos infinitos y jugaba con las horas a su antojo, estirando cada ratito de paz, acortando cada momento amargo, pausando la demencia más sana.
Calma y nervio convergían en su cuerpo. Era una mezcla de inocencia y picardía.
Agua que fluye, fuego que enciende energía positiva.
Su fina silueta aparentaba fragilidad cuando, en realidad, una fortaleza inmensa escapaba de sus poros. Y el amor flotaba a su alrededor. Parpadeo tras parpadeo, lo absorbía y lo expandía.
Con un sexto sentido para captar almas puras y la virtud de volar mientras suena una canción. El mundo a sus pies con cada nota y ella rozando el cielo. En perfecta sintonía.
De culo inquieto y manos templadas, de ojos que hablan, miradas que entienden y mente que vuela. De espíritu libre y corazón fiel.
Ella era garra, alegría, calidez, amiga, hermana. Felicidad. Pura vida.
Agua que fluye, fuego que enciende energía positiva.
Su fina silueta aparentaba fragilidad cuando, en realidad, una fortaleza inmensa escapaba de sus poros. Y el amor flotaba a su alrededor. Parpadeo tras parpadeo, lo absorbía y lo expandía.
Con un sexto sentido para captar almas puras y la virtud de volar mientras suena una canción. El mundo a sus pies con cada nota y ella rozando el cielo. En perfecta sintonía.
De culo inquieto y manos templadas, de ojos que hablan, miradas que entienden y mente que vuela. De espíritu libre y corazón fiel.
Ella era garra, alegría, calidez, amiga, hermana. Felicidad. Pura vida.
Érase una mujer a una sonrisa pegada...

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