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jueves, 25 de febrero de 2016

Hakuna Matata

Mira su Facebook, siempre de fiesta. A las puertas de los treinta y sin pareja. Se le va a pasar el arroz. Pobrecita... Sin casa propia, sin sentar cabeza...
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Vayamos por partes. 
Podría subir fotos mientras leo, voy al gimnasio, estudio alemán o salgo a correr. Podría atarme al primer chico que me bailara un poco el agua y pregonar a todo el mundo "lo enamorada que estoy", trasladarme a España y dejar de buscarme la vida fuera, hipotecarme, de por vida, empezar a tener hijos como quien colecciona cromos y cambiar cubatas por biberones. Podría viajar menos y aprender a cocinar, que una buena mujer ha de saber hacer una buena paella. 
Podría hacer todo eso y entonces escuchar halagada: "Por fin has madurado. Te veo bien".
Pero entonces no viviría mi vida, no sería yo, no hablaríamos de mi mundo. 
Y para mundos, colores. 
Tengo amigos casados, unos pocos con niños, otros que siguen de flor en flor. Algunos continúan estudiando, otros persiguen o ya encontraron el trabajo se sus vidas. Conozco a gente que tiene más dinero de lo que yo tendré en media vida o en una vida entera mientras que otros cuentan los céntimos en el fondo de la billetera al llegar a fin de mes. Se atisban bodas a la vista por un lado y, por otro, billetes a festivales, hasta bodas/festivales. 
Así es la gente que me rodea. Variopinta. Con ritmos de vida diferentes, con vocaciones distintas y objetivos contrapuestos. Unos dando la vuelta al mundo y otros adentrándose en familia numerosa. 
Son como el agua y el aceite, diferentes, pero con algo en común. Viven su vida y punto. Sin juzgar, respetando. 
No obstante, entre tanto y tanto, se cuelan los... ¿cómo describirlos? Los apenados, aquéllos que sienten lástima porque no llevas una vida como la suya, que te ven inferior porque eres soltera, vives de alquiler en un país extranjero y rozas los treinta sin haber cambiado pañales, al menos sin que te paguen por ello.
Se preguntan cuándo vas a madurar y, consciente o inconscientemente, ponen cara de haberse comido un racimo de limones tras averiguar sobre tu vida. 
¿Acaso yo les pregunto cuando fue la última vez que lloraron de la risa, que vieron amanecer al ritmo de un baile, que se desmelenaron, que saltaron en un concierto o que recorrieron parte del mundo con una cámara y una mochila? 
No, no lo hago porque para ellos esa pregunta no tendría ningún sentido. Porque su mundo es otro y no conciben una vida fuera de sus rutinas.
No cuestiono, no pregunto, no espero respuesta alguna. Porque entiendo que lo relevante para mí puede ser una nimiedad bajo otro punto de vista. Y porque me da igual, porque es su vida y no la mía.
Porque la felicidad es subjetiva. Lo importante es conseguirla. El camino que elijas para ello es, al fin y al cabo, un medio, una vía.
Puede que yo sea la rara en tu mundo pero es que tú eres la oveja negra del mío. ¡Qué más da si ambos somos felices!
No sientas pena por mí. Puede que ría, vibre, sueñe, folle y hasta ame más que tú. 
Y que sea más madura.
Porque madurar, además de adquirir responsabilidades y crecer, es enfrentarse al dolor y hacerse más fuerte tras él, es empezar a pasar un kilo del qué dirán y preocuparse sólo por ser feliz, es entender que hay tantos mundos como personas y tantas maneras de alcanzar la felicidad como mundos. Es abrir la mente y no juzgar. Y, sobre todo, quererse, cada vez más.
Madurar es aprender a enamorarse de la vida. 




martes, 23 de febrero de 2016

Sin alas

Volar no necesariamente requiere de alas. No siempre.
Cuando cambias miedo por coraje, cuando un pequeño halo de esperanza eclipsa tu oscuridad, cuando logras recomponer tu corazón roto, cuando te aceptas a ti mismo con tus luces y tus sombras, entonces sí se puede volar alto, acariciando el cielo con el talón sobre tierra.
Hasta las pequeñas cosas te pueden hacer levitar. Una canción que eriza la piel, un beso que roza el alma, un intenso orgasmo, un cruce de miradas, un cálido abrazo, una carcajada eterna. A veces, no se necesita más.
El truco está dentro de ti, en valorar cada mínimo detalle que te haga sentir libre, que te dé felicidad, aunque ello signifique apartarse de las masas.
No dejes que la hipocresía de una sociedad limitante se convierta en tu jaula. No permitas que el qué dirán, los prejuicios, la comodidad o el temor al fracaso te mantengan anclado al suelo.
No consientas que nadie te corte las alas ni te encierres en un amor tóxico. Estos dos términos sencillamente no casan. Basta de creer que "quien bien te quiere, te hará llorar". Merecemos más sonrisas y menos lágrimas, menos coacción y más libertad.
Querer es elegir por gusto y no por obligación.
Limitar los pasos de alguien no es más que el reflejo de nuestras inseguridades, miedo a perder y carencia de amor propio.
Suelta todas tus cadenas. Vuela y deja volar.
Es cuestión de confianza.
Alzar el vuelo no siempre significa distanciarse sino fluir, experimentar, descubrir y, si merece la alegría y no la pena, regresar.
Vivir intensamente, eso es volar.
Así que no lo dudes. Abre tu mente, libera tu espíritu y despega.
Se puede volar sin alas.

jueves, 11 de febrero de 2016

Nueva escuela

Creemos escuela, la de las sonrisas y la de las lágrimas de pura felicidad. Porque no hay acción más placentera que llorar de emoción y estallar en carcajadas.
Creemos escuela. La de la gente que sabe brillar con el corazón puro, la mirada clara y la conciencia limpia. Personas que pisan fuerte sin pisar a los demás.
Convirtámonos en niños grandes o adultos mágicos. Aquéllos que entre tanta obligación buscan un hueco para saltar, para bailar hasta la puesta de sol, para despeirnarse. Los que cambian tanto papeleo por, de vez en cuando, perder los papeles de forma sana y con el único fin de soñar, sin hacer mal. Gente que no pretende ser perfecta sino hacer perfecto cada instante. Que no ansía tener todo bajo control sino aceptar lo que viene y siempre continuar.
Creemos la escuela de la buena energía, aquélla que se propaga sin medida arqueando labios y abriendo mentes, derribando prejuicios y construyendo hogares, eliminando estereotipos y subiendo niveles hacia un nuevo concepto de libertad colectiva y personal.
Creemos una escuela que aprecie las diferencias y, al mismo tiempo, ensalce la igualdad. De gente enigmática y a su vez transparente, que cambia el odio y el miedo por capacidad de amar.
Personas que saben que somos invencibles, que nadie puede destruirnos si nuestro amor propio supera sus malévolas artimañas por hacernos invisibles. Porque si tú te crees grande, nadie te hará pequeño.
Porque nadie puede hacerte infeliz sin tu consentimiento. Nadie puede hacerte caer si, con todas tus ganas, emprendiste el vuelo hacia tu felicidad.
Puede que el gris se cuele en tu cielo pero hasta el más nefasto pintor sabe colorear un nuevo arcoiris. El arte se lleva dentro. Es más cuestión de corazón que de técnica. Así que saca el pincel y ponte a pintar. Dibuja tu propia vida, a tu medida, más a la tuya que a la de los demás.
Enseñemos que si eres todo amor sabrás enfrentarte al miedo y nada ni nadie podrá perturbar tu paz.
No se trata de esquivar el dolor si no de entenderlo, de aprovechar el momento en el que tocas fondo para subir como lo hace la espuma cuando estalla el corcho en la botella de champán.
Tampoco se trata de renegar del pasado. Al contrario, eres quien eres por lo que has experimentado. Tu tristeza también te ha enseñado y te ha hecho madurar. Enorgullécete de tus pasos. Aprende de aquéllos mal dados y, una vez crecido, mira hacia adelante y déjalo estar. Siempre sigue caminando, atisbando la meta, disfrutando de la carrera.
Y en lugar de nadar a contracorriente, simplemente flota, redirige tu vida y, como el agua, fluye y déjate llevar.
Tenemos el poder para ser felices. Usémoslo.
Y creemos escuela, la de la felicidad.

jueves, 4 de febrero de 2016

:D

Sonríe. ¿Qué te cuesta? Hagas lo que hagas, te dediques a lo que te dediques, intenta poner alma, corazón y sonrisa, aunque no sea lo tuyo, aunque sea sólo un viaducto hasta tu sueño. El resto de la gente no tiene la culpa de que aún no lo hayas conseguido. Trabaja para ello y, mientras tanto, sonríe. 
Como el vendedor de periódicos de la parada del metro de camino a mi trabajo. Ni siquiera sé si preferiría estar en otro lugar en vez de ahí plantado de sol a sol. Seguramente. Lo único que sé es que me alegra el día cada vez que lo veo, arquea sus labios y se pone a tararear una canción inentendible en alemán. Porque una sonrisa no entiende de idiomas. Porque habla por sí sola.
Sonríe, aunque hayas tenido un día de perros. A todos nos pasa. Sí, tienes derecho a gritar, a desahogarte y a mandar todo a tomar viento. Pero después de hacer eso, cambia de táctica. Es probable que tengas más motivos en tu vida para sonreír que para soltar una lágrima.
No te hagas la víctima. Mejor hazte el valiente y, aunque cueste, dedícate una sonrisa.
Porque al hacerlo, adquieres la capacidad de transmitir más positividad de lo que imaginas. A ti y a los demás.
Una sonrisa siempre es un regalo a dos bandas. Porque tanto el que la da como el que la recibe se nutren de esa energía, que se retroalimenta y se contagia. Porque es lo más poderoso que produce nuestro rostro. Y lo más bonito.
Seguridad, armonía, serenidad, alegría, fuerza, garra, amor, empatía. Todas estas acepciones es capaz de recoger una sola sonrisa.
Puede que detrás de ella se esconda un corazón roto pero, quizás, su única salvación sea esa simple sonrisa.
Aunque te duela el alma, aunque te cueste la vida, sonríe. Porque es en ese momento cuando más lo necesitas.
Torres más altas cayeron. ¡Y qué! Levántate y luce la mejor de tus sonrisas.
Porque cuando lo ves todo negro es lo que más ilumina.
Hoy y siempre, dedícate una sonrisa.