Volar no necesariamente requiere de alas. No siempre.
Cuando cambias miedo por coraje, cuando un pequeño halo de esperanza eclipsa tu oscuridad, cuando logras recomponer tu corazón roto, cuando te aceptas a ti mismo con tus luces y tus sombras, entonces sí se puede volar alto, acariciando el cielo con el talón sobre tierra.
Hasta las pequeñas cosas te pueden hacer levitar. Una canción que eriza la piel, un beso que roza el alma, un intenso orgasmo, un cruce de miradas, un cálido abrazo, una carcajada eterna. A veces, no se necesita más.
El truco está dentro de ti, en valorar cada mínimo detalle que te haga sentir libre, que te dé felicidad, aunque ello signifique apartarse de las masas.
No dejes que la hipocresía de una sociedad limitante se convierta en tu jaula. No permitas que el qué dirán, los prejuicios, la comodidad o el temor al fracaso te mantengan anclado al suelo.
No consientas que nadie te corte las alas ni te encierres en un amor tóxico. Estos dos términos sencillamente no casan. Basta de creer que "quien bien te quiere, te hará llorar". Merecemos más sonrisas y menos lágrimas, menos coacción y más libertad.
Querer es elegir por gusto y no por obligación.
Limitar los pasos de alguien no es más que el reflejo de nuestras inseguridades, miedo a perder y carencia de amor propio.
Suelta todas tus cadenas. Vuela y deja volar.
Es cuestión de confianza.
Alzar el vuelo no siempre significa distanciarse sino fluir, experimentar, descubrir y, si merece la alegría y no la pena, regresar.
Vivir intensamente, eso es volar.
Así que no lo dudes. Abre tu mente, libera tu espíritu y despega.
Se puede volar sin alas.

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