Hoy me cansé de pedir explicaciones, de hacer la vista gorda y perdonar. El fuerte viento de ayer agitó algo más que los árboles, enfrentó mis ideales hasta que mente y corazón colisionaron como aquella rama que vi estrellarse en el suelo desde la ventana de mi habitación.
Cerré los ojos pensando en cómo lograr explicar todo aquello que recorre mi cabeza a borbotones y en lugar de abrir la boca, cogí un bolígrafo y un papel algo rasgado. Sin esfuerzo alguno, escribí una carta con remitente pero sin sello. Una carta que, quizás, nunca llegaré a entregar.
Hoy me cansé de ser comprensiva, de relegarme a un segundo plano y sonreirte.
Yo. Tú. Son dos pronombres distintos y el nosotros no lo conoces. Así que se acabó. Me quedo con el yo.
En mi equipaje no sólo hay ropa, hay vivencias, frustraciones, éxitos, experiencias, amigos, cultura. Hay mundo. Irlanda, Inglaterra, Malasia, Singapur, Tailandia, Austria... No pienso detenerme. En cierto modo, me gusta el orden caótico de mi vida en una maleta.
Translate
lunes, 29 de diciembre de 2014
sábado, 27 de diciembre de 2014
Giro radical
No, no tengo novio, al menos no la concepción de pareja impuesta por esta sociedad.
Tampoco tengo trabajo, digamos que estoy de "vacaciones", de esas en las que no te pagan.
¿Dinero? Después de mi voluntariado por Malasia, mi ruta por Tailandia y mi última factura de Vodafone, se puede decir que no, los billetes verdes tampoco me acompañan mucho. Quizás me toque el niño (el sorteo, no me sirve con el vecino del cuarto).
Salud, de momento sí, aunque tras la bacteria que cogí en Tailandia y el "alien" que me ha salido en la muñeca, es algo que aún los médicos tienen que corroborar.
Pero si hay algo de lo que dispongo es de confianza. Confío en mi misma, en mi suerte y en que en cuestión de segundos la vida puede dar un giro de 180 grados.
Avanzaré en línea recta hasta que pueda girar.
Obstáculos hay muchos y distracciones, aún más. Ando perdida, dando palos de ciego. Camino, retrocedo, me doy una vuelta por los alrededores y observo. Cada detalle me aporta algo nuevo. Sin embargo, cuando creo haber tomado la dirección correcta, las dudas de siempre me vuelven a asaltar.
Pero confío. En algún momento, no sé cuando, volveré hacia la misma ruta y descubriré una pequeña pista, la que siempre estuvo ahí pero no fui capaz de contemplar.
Con paso firme, ojos abiertos, mente fría y corazón ardiendo, avanzaré en línea recta... hasta que pueda girar.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Momentos
Con paciencia y sin demora dejaré algo de espacio para mi año en Irlanda, los jueves universitarios, las escapadas de instituto y las fiestas londinenses de nunca acabar. Los ladridos de mi perra, mi infancia con mis abuelos, el olor a Hogueras y el sol de mi ciudad.
¿Podrá también caber el paraíso en una caja de cristal? Tailandia, con tan sólo pronunciarte ya respiro tu belleza.
Meteré mi primer amor, tormentoso pero intenso y mi último verano, alocado y dulce. Conservaré mis errores; tras ellos, mi aprendizaje. Y una relación diferente que desborda la amistad y persigue un mundo absurdo en un universo loco.
La vida se nos escapa sin detalles que guardar.
¿Incógnita?
Eché la vista atrás y divagué por mis pensamientos, turbios, confusos pero sinceros. Establecí una balanza entre mis expectativas y lo que los demás esperaban de mí. Me pregunté a mi misma. ¿Qué me hace feliz? No pude concretar una única respuesta.
Intenté enfretarme al monstruo que, noche tras noche, inquietaba mis sueños: mi propio miedo. Miedo a fallar, ¿pero a quién?
Me di cuenta de que precisamente por mi constante deber autoimpuesto de agradar a otros me estaba traicionando a mi misma.
Enumeré mis opciones y me decanté por una. Firme, decidida, sujeté fuerte el bolígrafo y, prácticamente sin esfuerzo alguno, palabras bordadas de azul desfilaban sin cesar una tras otra rellenando la columna de los contras.
Nerviosa, cogí mi lista de ventajas e inconvenientes, la rompí y fue entonces cuando tuve la brillante idea de cerrar los ojos y escuchar a mi corazón. ¿Qué me hace feliz? No. ¿Quién? Simplemente me equivoqué de pregunta.
Intenté enfretarme al monstruo que, noche tras noche, inquietaba mis sueños: mi propio miedo. Miedo a fallar, ¿pero a quién?
Me di cuenta de que precisamente por mi constante deber autoimpuesto de agradar a otros me estaba traicionando a mi misma.
Enumeré mis opciones y me decanté por una. Firme, decidida, sujeté fuerte el bolígrafo y, prácticamente sin esfuerzo alguno, palabras bordadas de azul desfilaban sin cesar una tras otra rellenando la columna de los contras.
Nerviosa, cogí mi lista de ventajas e inconvenientes, la rompí y fue entonces cuando tuve la brillante idea de cerrar los ojos y escuchar a mi corazón. ¿Qué me hace feliz? No. ¿Quién? Simplemente me equivoqué de pregunta.
martes, 16 de diciembre de 2014
Infinito abrazo
Llegaste y sentiste su tristeza. Temías cruzar el umbral de la puerta y que su dolor invadiera tu pecho. Querías abrazarle, verle esbozar una sonrisa, hacerte cómplice de sus pensamientos. No era tu guerra pero, sin quererlo y darte apenas cuenta, tú abriste fuego en esa batalla que tanto querías evitar.
Te sentiste impotente pues tu mente se vio incapaz de labrar alguna idea lo suficientemente práctica para hacerle ver que no todo estaba perdido o, al menos, que él no lo había perdido todo. Allí estabas tú, aunque su sufrimiento le impidiera verlo.
Querías decirle tantas cosas que, paradójicamente, apenas pudiste articular palabra. Tus pensamientos revoloteaban por la misma habitación mientras él dormía y tu ilusión por compartir tu tiempo con él se iba hundiendo poco a poco. Eso te dolía pero no tanto como su propio dolor. Derramaste las lágrimas que él no pudo, lanzaste su angustia al fondo del inodoro y sentiste como su impotencia se apoderaba de tu cuerpo.
Ni tú misma te importabas, ni tu bienestar, ni tus planes, ni aquella cena que habías planeado desde ayer. Lo que sí hacía añicos tu bienestar fue tu incapacidad para anular toda su frustración. Pero cuando hay una decepción, no hay oídos que escuchen ni palabras que consuelen. Tú lo sabías y eso te hacía aún más daño.
No te conformabas con imaginar su sonrisa. Necesitabas de ella. Tu felicidad en parte dependía de la suya pero, tristemente, en ese momento la suya no dependía de ti. Eso te quemaba por dentro, abrasando tu alegría, reduciéndola a cenizas. Te invadió el miedo, llegaste a pensar que, quizás, no le importabas tanto y, entonces, te sentiste pequeña, muy pequeña, insignificante.
Pero entonces te acordaste de sus palabras. Lejos o cerca, con o sin motivo, en sus malos momentos o en sus días alegres, le harías ver que siempre estarías allí, simplemente por el hecho de ser la persona más especial de tu vida. No podías anular su dolor, pero sí abrazarle. Y, sin decir nada, es lo único que te atreviste a hacer, durante horas y en tu mente, para siempre.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

