Te sentiste impotente pues tu mente se vio incapaz de labrar alguna idea lo suficientemente práctica para hacerle ver que no todo estaba perdido o, al menos, que él no lo había perdido todo. Allí estabas tú, aunque su sufrimiento le impidiera verlo.
Querías decirle tantas cosas que, paradójicamente, apenas pudiste articular palabra. Tus pensamientos revoloteaban por la misma habitación mientras él dormía y tu ilusión por compartir tu tiempo con él se iba hundiendo poco a poco. Eso te dolía pero no tanto como su propio dolor. Derramaste las lágrimas que él no pudo, lanzaste su angustia al fondo del inodoro y sentiste como su impotencia se apoderaba de tu cuerpo.
Ni tú misma te importabas, ni tu bienestar, ni tus planes, ni aquella cena que habías planeado desde ayer. Lo que sí hacía añicos tu bienestar fue tu incapacidad para anular toda su frustración. Pero cuando hay una decepción, no hay oídos que escuchen ni palabras que consuelen. Tú lo sabías y eso te hacía aún más daño.
No te conformabas con imaginar su sonrisa. Necesitabas de ella. Tu felicidad en parte dependía de la suya pero, tristemente, en ese momento la suya no dependía de ti. Eso te quemaba por dentro, abrasando tu alegría, reduciéndola a cenizas. Te invadió el miedo, llegaste a pensar que, quizás, no le importabas tanto y, entonces, te sentiste pequeña, muy pequeña, insignificante.
Pero entonces te acordaste de sus palabras. Lejos o cerca, con o sin motivo, en sus malos momentos o en sus días alegres, le harías ver que siempre estarías allí, simplemente por el hecho de ser la persona más especial de tu vida. No podías anular su dolor, pero sí abrazarle. Y, sin decir nada, es lo único que te atreviste a hacer, durante horas y en tu mente, para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario