Podría tener un Jaguar para invierno y un Lamborghini de entretiempo, un billete de avión a las Bahamas y un fondo de armario digno de Paris Hilton. No lo niego, no estaría mal.
No obstante, comparto piso con dos gemelos, me recorro la ciudad en metro y tranvía y me supondrá un esfuerzo comprarme un billete a España para visitar a los míos este verano.
Y aún así, me siento rica. No necesito nada más que ver el sol tras la ventana, salir a correr y maravillarme por las calles de Viena, recuperar esa magia que pensé que había perdido, saber que mi gente, aunque lejos, está bien, sentirme útil estudiando un nuevo idioma, llegar a fin de mes sin excesivo esfuerzo, nutrirme de abrazos sinceros y reír hasta notar presión en los abdominales.
Y, por supuesto, dejar de preocuparme en exceso. Disculpen por mis modales pero al carajo con lo que se supone que hay que hacer, con lo establecido como políticamente correcto en una sociedad arcaica. Que estudié periodismo y ahora mismo no ejerzo, que soy mileurista, que no tengo ni coche ni casa propia ni intención de tenerlos, ¿y qué? Me da igual en este momento. Me siento bien y de eso se trata. No tengo mucho pero, hoy por hoy, no necesito más. Y he de decir una cosa, bastante fortuna tenemos. Me parece un insulto lamentarse cuando hay quién no tiene fuerzas ni para ello, nada que llevarse a la boca y no ve un euro ni de lejos.
Creo en la abundancia pero, ¿a qué llamamos riqueza? Según mi cuenta corriente, desde luego no es que sea adinerada y no es algo que me preocupe. Más mueve mi mundo el corazón que mil fajos de billetes.
Cultura, experiencias, viajes, personas que rozan tu alma, sentimientos y sonrisas, para mí eso es la opulencia. Todo depende del punto de vista y tu lista de valores. ¿El mío? Muy sencillo.
Aquello que no se compra es precisamente lo que me hace sentir rica.

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