Cae la noche y se despiertan mis sentidos.
Miro el reloj y no corre el tiempo. Está estancado en un abismo junto aquella noche de gloria sin pena que pasamos bailando y recorriendo calles frías. No importaba, hallamos el poder de subir la temperatura a través de una simple charla. Irradíabamos calor entrecruzando miradas.
Aún recuerdo tus ojos, abiertos de par en par, mientras resumía mi forma de ver el mundo, hoy por hoy, más alocada.
Divagaba por mis pensamientos mientras mis pupilas se infiltraban en cada parte de tu cuerpo, con un descarado disimulo. Una leve sonrisa disfrazada de timidez arqueaba mis labios, que gritaban saborear los tuyos. Pero fui paciente, quise desesperarme y desesperarte aún más.
Hablamos y desvariamos, sin mirar el reloj, que estaba de nuestro lado y, si no, poco importaba. En ocasiones, pocas horas bastan para conectar con alguien.
Recuerdo tus brazos arqueando mi espalda, mis dedos rozando tu cuello, dibujando nuevos tatuajes, completamente a oscuras. Esperando el momento.
La noche se hizo tan larga que dio paso a la mañana. Tan sólo cuatro paredes fueron testigo de nuestra batalla por perder el control y ganarlo al mismo tiempo. El placer, nuestro aliado. La desesperación, un vicio.
Una noche entre cien mil... en ese momento bastaba. Aunque espero el segundo asalto, en el que ambos bandos ganen. Y te prometo la revancha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario