Cuando te duele el corazón y tu mente se agota, es cuando el pasado entra en escena. Y nunca viene sólo. La culpabilidad y las dudas viajan con él. Se cuelan en tu presente con la única intención de machacarlo. Flagelamos nuestra alma luchando por cambiar aquello que ya ha ocurrido pero que aún nos hace daño. Nos aferramos tanto a este imposible que nos olvidamos de todo lo que hicimos bien, de cuánto luchamos, de cómo quisimos.
Hoy comencé la mañana con cierta dosis de auto-tortura. Y todo por la maldita nostalgia, por esos recuerdos que me invaden cuando menos me lo espero y hasta manipulan mis sueños a su antojo.
No es lo mismo extrañar y sonreír a que te duela echar de menos. Más frustrante es aún sentirse idiota por ello, ser consciente de la unilateralidad de tu añoranza.
Pero si el amor no es eterno, el dolor tampoco.
Puede que el corazón sufra pero es fuerte y sigue latiendo. Puede que las lágrimas nos enturbien los ojos pero también limpian el alma.
A veces, en estos días raros, sólo hay que dejar de pensar y confiar. Dejar de recordar lo que perdimos y ser conscientes de todo lo que aún podemos ganar.
Simplemente, ser pacientes y esperar porque hasta en el más enredado laberinto, siempre se puede encontrar el camino correcto.
Una sola parte no puede arruinar mi todo.
En mi equipaje no sólo hay ropa, hay vivencias, frustraciones, éxitos, experiencias, amigos, cultura. Hay mundo. Irlanda, Inglaterra, Malasia, Singapur, Tailandia, Austria... No pienso detenerme. En cierto modo, me gusta el orden caótico de mi vida en una maleta.
Translate
martes, 28 de julio de 2015
sábado, 18 de julio de 2015
Venciste
Te hizo vibrar en cuanto lo conociste. Te hizo grande y poderosa. Una diosa infranqueable que esquivaba mil espadas. Te elevó al cielo y, como morada, construyó un templo exclusivo para ti. Además de fuerte, te hacía sentir viva. Sus ojos desprendían fuego cada vez que te miraban, su aliento buscaba la forma de mezclarse con el tuyo y sus brazos te envolvían hasta haceros invisibles.
Te dibujó un nuevo mundo ajustado a tu medida. Te hizo volar con la mente, saborear lo prohibido, descubrir y descubrirte.
Con él creabas magia, juntos eráis la magia.
Pero un día sin más se desmoronó tu templo, tu fuego se hizo ceniza y tu corazón, añicos. Se disipó tu grandeza y te volviste diminuta.
Descendiste de tu altar, tornaste tus virtudes invisibles a tus ojos y dejaste escapar tu esencia, que huyó a volar perdida. Cometiste el gran fallo de olvidar quién eras, de creerte frágil, de abrirle tu puerta al miedo.
No obstante, la verdadera fortaleza no flota sobre nubes de algodón. Se es fuerte ante a lo adverso, cuando el viento sopla en contra, cuando hay dolor, en lo oscuro.
Le echaste garra y usaste el fondo para impulsarte y fue entonces cuando te diste cuenta de que quién había cambiado no eras tú, sino su forma de verte. Tu error fue convertir su realidad en la tuya, mirar a través de sus ojos, que no te veían igual, y latir con su corazón, que no amaba como antes. Que él no viera tu belleza no la convertía en nula. Él no podía quererte, pero tú sí.
Enmendaste tu fallo, creciste, amaste, venciste. Y tu esencia volvió a ti, al lugar del que nunca debería haber huido.
Te dibujó un nuevo mundo ajustado a tu medida. Te hizo volar con la mente, saborear lo prohibido, descubrir y descubrirte.
Con él creabas magia, juntos eráis la magia.
Pero un día sin más se desmoronó tu templo, tu fuego se hizo ceniza y tu corazón, añicos. Se disipó tu grandeza y te volviste diminuta.
Descendiste de tu altar, tornaste tus virtudes invisibles a tus ojos y dejaste escapar tu esencia, que huyó a volar perdida. Cometiste el gran fallo de olvidar quién eras, de creerte frágil, de abrirle tu puerta al miedo.
No obstante, la verdadera fortaleza no flota sobre nubes de algodón. Se es fuerte ante a lo adverso, cuando el viento sopla en contra, cuando hay dolor, en lo oscuro.
Le echaste garra y usaste el fondo para impulsarte y fue entonces cuando te diste cuenta de que quién había cambiado no eras tú, sino su forma de verte. Tu error fue convertir su realidad en la tuya, mirar a través de sus ojos, que no te veían igual, y latir con su corazón, que no amaba como antes. Que él no viera tu belleza no la convertía en nula. Él no podía quererte, pero tú sí.
Enmendaste tu fallo, creciste, amaste, venciste. Y tu esencia volvió a ti, al lugar del que nunca debería haber huido.
martes, 14 de julio de 2015
Soy como soy
Rebobinar. Es una opción que la vida no conoce. Sólo los recuerdos son capaces de navegar en el tiempo. Pero los hechos, éstos no se pueden cambiar y siempre dejan huella, aunque a veces el tiempo gane la batalla y la mente consiga disipar las consecuencias de nuestros actos.
No obstante, cada decisión que tomamos, cada paso que damos nos guía a un rumbo, en ocasiones, insospechado. En mi caso, casi siempre.
Si hace veinte años me hubieran preguntado dónde me veía a los casi treinta años probablemente el camino que hubiera supuesto que mi versión adulta tomaría no sería el que hoy por hoy pisan mis pies. Quizás esa tímida niña hubiera dibujado en su mente a una mujer completamente diferente con una vida distinta, más estable, más acorde a lo convencional. Pero entre el antes y el ahora hay un abismo.
Echo la vista atrás y me doy cuenta de lo mucho que he cambiado. Suena paradójico que la misma adolescente que se quejaba de ir dando tumbos de casa de su padre a casa de su madre y viceversa, ahora sea la que, por decisión propia, se haya convertido en una experta en hacer maletas.
Sí, la vida da muchas vueltas, tanto o más que mi equipaje. Un sólo instante lo puede cambiar todo. Un acierto, un error, un desengaño, un asunto importante, el más ínfimo detalle, una decisión tomada con la cabeza o, para los más valientes, con el corazón. Cualquier cosa puede desatar un huracán de acontecimientos capaz de redirigir el rumbo de tu vida y, con suerte, hasta el sentido de la misma.
Y a mí no me queda otra que agradecer ese efecto mariposa que un día lo cambió todo. Esa bendita adicción que me ha traído hasta donde estoy, que me ha convertido en lo que soy.
Esa niña que nunca había salido de Alicante se equivocaba. El destino le iba a brindar algo menos buscado pero más valioso que un buen fajo de billetes: experiencias.
Esos nervios placenteros cuando despega el avión, aprender un nuevo idioma, abrir la mente sin fronteras, invadir la retina de parajes maravillosos, conocer nuevas culturas, compartir risas con nuevas personas, crear segundas familias, descubrir sabores desconocidos por el paladar hasta entonces, aceptar la soledad, las primeras Navidades fuera de casa, el placer de volver en vacaciones, vuelos de 16 horas a la otra punta del globo, las risas, el llanto, las fiestas de bienvenida y abrazos de despedida, las interminables colas en decenas de aeropuertos, los extraños comienzos y los dulces finales.
Yo soy mis viajes, no mis pertenencias.
No seré hipócrita y admitiré que ansío un trabajo estable y más dinero en mi cuenta. También corroboraré el hecho de que estoy en tierra de nadie. Siento que mi hogar no está ni al cien por cien aquí ni mucho menos allá y, en bastantes ocasiones, la contradicción domina mis días. Adoro que al volver a casa todo siga como siempre pero precisamente la ausencia de cambios es lo mismo que me impulsa a escapar. Huyo de lo que tanto extraño. Subo y bajo, como una montaña rusa. Y en ocasiones pienso que voy a perder la cordura.
Aún así me miro y me gusta lo que veo. Cada lugar donde ha rodado mi maleta, cada lágrima, cada caída. Todo, absolutamente todo, ha merecido la pena porque estas experiencias me han forjado a mi misma.
No somos lo que tenemos, sino lo que vivimos.
viernes, 3 de julio de 2015
Por ellos, por mí
Debido a una situación personal reciente, me he visto forzada, por desgracia o fortuna, a convivir parte del tiempo con la soledad. Música estallando en mis oídos, un cuadernillo barato y algún que otro libro me hacen compañía en mis tardes bajo el sol en parques con encanto o a orillas del Danubio.
No me quejo. Aunque desde mi punto de vista la felicidad es más dulce cuando se comparte, esta experiencia me está ayudando a descubrir, a descubrirme.
Cuando estás sola, tu capacidad de observación se triplica. Y a veces observar a la gente no está nada mal, analizar los pequeños detalles, tampoco.
Treinta grados y ni una nube, mariposas revoloteando por el césped, una mujer de mediana edad más blanca que yo (aquí me considero hasta morena) leyendo una revista mientras fuma un cigarrillo y no quita ojo (como yo) a un rubio guapísimo tostándose al sol, decenas de niños correteando e intentando meterse al río mientras sus madres les reclaman desde arriba, jóvenes jugando al fútbol, parejas queriéndose y requetequeriéndose, familias haciendo picnics... Aquí parece que todo el mundo es feliz. Todos seguramente con sus problemas pero sonriendo, disfrutando del buen tiempo y desprendiendo buena energía.
Y es que en esta vida hay dos caminos. El lamento o la gratitud. Podría quejarme al no tener, en muchos momentos, alguien al lado para compartir las pequeñas cosas. Pero eso no solucionaría nada en absoluto.
¿No es mejor agradecer la oportunidad que me brinda la vida para superarme a mí misma, una ocasión más? No es la primera vez y lo que no te mata, te hace más fuerte.
Estar sola me ayuda a escucharme, a ver más allá, a fijarme en cada detalle, a descubrir la magia de la naturaleza, a disfrutar de la lectura. Me permite también escribir más a menudo, aprender a valorar el silencio, organizar mis ideas o, simplemente, dejarlas volar al son de la música.
Debo agradecer el lujo de poder meter esta vivencia en mi saco de aventuras, de conocer otro país desde dentro, de tener la oportunidad de aprender un nuevo idioma (el cual se me va a resistir al principio), de hacerme más fuerte, en definitiva, de crecer.
Mi situación personal me ha hecho plantearme muchas cosas, aprender a dar valor a lo que realmente importa, a quién realmente importa. Y, a pesar de los bajones, me guío por mi voz interior que me dice que, una vez más, lo conseguiré. Ya conoceré otra gente, nunca se me ha dado mal. Espero que todo vaya saliendo mejor poco a poco y que vuelva a conseguir esa estabilidad laboral, personal y emocional que todos necesitamos. Pero mientras tanto intentaré disfrutar de cada momento en compañía o en soledad pues cada instante es, simplemente, irrepetible. Y Viena, una ciudad mágica para añadir a mi lista.
Sí, puede que me sienta un poco más sola de lo habitual. Me lo puedo tomar como un inconveniente o como una etapa de aprendizaje hasta que, como siempre, vuelva a crear un nuevo círculo de amistad.
Sí, ya tenía mi pequeño grupo aquí, es cierto. Pero las situaciones cambian y sólo queda aceptarlo y continuar. Como leí hace poco, en ocasiones tienes que renunciar a personas, no porque no te importen, sino porque tú no les importas a ellas.
Y, a pesar de mi última experiencia, doy gracias. Tengo mucha gente, ahora más lejos que cerca pero al fin y al cabo dentro de mi vida, que se siente orgullosa de formar parte de ella. No son ni mejor ni peor que aquellos otros que, por decisión propia, se apartaron de mi camino pero, para mí, esas son las personas por las que merece la pena luchar.
Por ellos, por mí.
No me quejo. Aunque desde mi punto de vista la felicidad es más dulce cuando se comparte, esta experiencia me está ayudando a descubrir, a descubrirme.
Cuando estás sola, tu capacidad de observación se triplica. Y a veces observar a la gente no está nada mal, analizar los pequeños detalles, tampoco.
Treinta grados y ni una nube, mariposas revoloteando por el césped, una mujer de mediana edad más blanca que yo (aquí me considero hasta morena) leyendo una revista mientras fuma un cigarrillo y no quita ojo (como yo) a un rubio guapísimo tostándose al sol, decenas de niños correteando e intentando meterse al río mientras sus madres les reclaman desde arriba, jóvenes jugando al fútbol, parejas queriéndose y requetequeriéndose, familias haciendo picnics... Aquí parece que todo el mundo es feliz. Todos seguramente con sus problemas pero sonriendo, disfrutando del buen tiempo y desprendiendo buena energía.
Y es que en esta vida hay dos caminos. El lamento o la gratitud. Podría quejarme al no tener, en muchos momentos, alguien al lado para compartir las pequeñas cosas. Pero eso no solucionaría nada en absoluto.
¿No es mejor agradecer la oportunidad que me brinda la vida para superarme a mí misma, una ocasión más? No es la primera vez y lo que no te mata, te hace más fuerte.
Estar sola me ayuda a escucharme, a ver más allá, a fijarme en cada detalle, a descubrir la magia de la naturaleza, a disfrutar de la lectura. Me permite también escribir más a menudo, aprender a valorar el silencio, organizar mis ideas o, simplemente, dejarlas volar al son de la música.
Debo agradecer el lujo de poder meter esta vivencia en mi saco de aventuras, de conocer otro país desde dentro, de tener la oportunidad de aprender un nuevo idioma (el cual se me va a resistir al principio), de hacerme más fuerte, en definitiva, de crecer.
Mi situación personal me ha hecho plantearme muchas cosas, aprender a dar valor a lo que realmente importa, a quién realmente importa. Y, a pesar de los bajones, me guío por mi voz interior que me dice que, una vez más, lo conseguiré. Ya conoceré otra gente, nunca se me ha dado mal. Espero que todo vaya saliendo mejor poco a poco y que vuelva a conseguir esa estabilidad laboral, personal y emocional que todos necesitamos. Pero mientras tanto intentaré disfrutar de cada momento en compañía o en soledad pues cada instante es, simplemente, irrepetible. Y Viena, una ciudad mágica para añadir a mi lista.
Sí, puede que me sienta un poco más sola de lo habitual. Me lo puedo tomar como un inconveniente o como una etapa de aprendizaje hasta que, como siempre, vuelva a crear un nuevo círculo de amistad.
Sí, ya tenía mi pequeño grupo aquí, es cierto. Pero las situaciones cambian y sólo queda aceptarlo y continuar. Como leí hace poco, en ocasiones tienes que renunciar a personas, no porque no te importen, sino porque tú no les importas a ellas.
Y, a pesar de mi última experiencia, doy gracias. Tengo mucha gente, ahora más lejos que cerca pero al fin y al cabo dentro de mi vida, que se siente orgullosa de formar parte de ella. No son ni mejor ni peor que aquellos otros que, por decisión propia, se apartaron de mi camino pero, para mí, esas son las personas por las que merece la pena luchar.
Por ellos, por mí.
jueves, 2 de julio de 2015
Para todo, para todos
Los hay tímidos, donde apenas rozas piel con piel. También, intensos, en los que cada átomo de tu cuerpo se recarga de energía.
Algunos son fugaces si el tiempo va en contra e imperan las prisas y obligaciones. Sin embargo, en ocasiones otros lentos nos deleitan, más puros, más sinceros. Podemos, debemos, exprimirlos, saborearlos, fundirnos en ellos y parar las agujas del reloj aunque sea por un momento. Casi interminables, mágicos.
La exaltación es la causa de algunos y, a veces, hasta motivos triviales son capaces de provocarlos, como cuando nuestro equipo de fútbol gana la Liga. No menos importantes, tienen tanto poder que hasta dos extraños dejan de serlo por unos instantes y se sienten unidos. Quizás no se vuelvan a ver pero, en ese momento, vibran al unísono como si se conocieran de toda la vida.
Y, cómo no, los hay románticos, suaves, carnales. Aquellos que aceleran el ritmo y ralentizan el tiempo. Dan cabida a la pasión, que traspasa los poros e invade dos cuerpos, ahora convertidos en uno. La imagen perfecta.
Pero también los hay con un toque agridulce. Van ligados al dolor. Los incita un problema, una pérdida, un desengaño. Son amargos y a la vez reconfortantes pues logran, de una situación negativa, transmitir positividad, directa al que lo recibe. Endulzan lo amargo. Son tiernos.
Están los de despedida, como cuando alguien se traslada al extranjero. Con ellos intentamos absorber la esencia de la otra persona y guardarla en un frasco, hasta la próxima vez. Dulce elixir de nuestro recuerdo. Son paréntesis en nuestra vida pues abren y cierran etapas. Finalizan un capítulo que, tarde o temprano, volverás a leer.
Pero, ¿qué hay de aquéllos con un final para siempre? Estos sí que duelen, si hay amor de por medio. No destensan. Son cuchillas. Te rompen por dentro y te sientes frustrado al pensar que será el último. Y, aún así, lo necesitas, aún más que los anteriores.
Hoy me viene uno a la mente, aunque luche por borrarlo. Y, por ello entre otras cosas, hoy necesito un abrazo.
Algunos son fugaces si el tiempo va en contra e imperan las prisas y obligaciones. Sin embargo, en ocasiones otros lentos nos deleitan, más puros, más sinceros. Podemos, debemos, exprimirlos, saborearlos, fundirnos en ellos y parar las agujas del reloj aunque sea por un momento. Casi interminables, mágicos.
La exaltación es la causa de algunos y, a veces, hasta motivos triviales son capaces de provocarlos, como cuando nuestro equipo de fútbol gana la Liga. No menos importantes, tienen tanto poder que hasta dos extraños dejan de serlo por unos instantes y se sienten unidos. Quizás no se vuelvan a ver pero, en ese momento, vibran al unísono como si se conocieran de toda la vida.
Y, cómo no, los hay románticos, suaves, carnales. Aquellos que aceleran el ritmo y ralentizan el tiempo. Dan cabida a la pasión, que traspasa los poros e invade dos cuerpos, ahora convertidos en uno. La imagen perfecta.
Pero también los hay con un toque agridulce. Van ligados al dolor. Los incita un problema, una pérdida, un desengaño. Son amargos y a la vez reconfortantes pues logran, de una situación negativa, transmitir positividad, directa al que lo recibe. Endulzan lo amargo. Son tiernos.
Están los de despedida, como cuando alguien se traslada al extranjero. Con ellos intentamos absorber la esencia de la otra persona y guardarla en un frasco, hasta la próxima vez. Dulce elixir de nuestro recuerdo. Son paréntesis en nuestra vida pues abren y cierran etapas. Finalizan un capítulo que, tarde o temprano, volverás a leer.
Pero, ¿qué hay de aquéllos con un final para siempre? Estos sí que duelen, si hay amor de por medio. No destensan. Son cuchillas. Te rompen por dentro y te sientes frustrado al pensar que será el último. Y, aún así, lo necesitas, aún más que los anteriores.
Hoy me viene uno a la mente, aunque luche por borrarlo. Y, por ello entre otras cosas, hoy necesito un abrazo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)




