Debido a una situación personal reciente, me he visto forzada, por desgracia o fortuna, a convivir parte del tiempo con la soledad. Música estallando en mis oídos, un cuadernillo barato y algún que otro libro me hacen compañía en mis tardes bajo el sol en parques con encanto o a orillas del Danubio.
No me quejo. Aunque desde mi punto de vista la felicidad es más dulce cuando se comparte, esta experiencia me está ayudando a descubrir, a descubrirme.
Cuando estás sola, tu capacidad de observación se triplica. Y a veces observar a la gente no está nada mal, analizar los pequeños detalles, tampoco.
Treinta grados y ni una nube, mariposas revoloteando por el césped, una mujer de mediana edad más blanca que yo (aquí me considero hasta morena) leyendo una revista mientras fuma un cigarrillo y no quita ojo (como yo) a un rubio guapísimo tostándose al sol, decenas de niños correteando e intentando meterse al río mientras sus madres les reclaman desde arriba, jóvenes jugando al fútbol, parejas queriéndose y requetequeriéndose, familias haciendo picnics... Aquí parece que todo el mundo es feliz. Todos seguramente con sus problemas pero sonriendo, disfrutando del buen tiempo y desprendiendo buena energía.
Y es que en esta vida hay dos caminos. El lamento o la gratitud. Podría quejarme al no tener, en muchos momentos, alguien al lado para compartir las pequeñas cosas. Pero eso no solucionaría nada en absoluto.
¿No es mejor agradecer la oportunidad que me brinda la vida para superarme a mí misma, una ocasión más? No es la primera vez y lo que no te mata, te hace más fuerte.
Estar sola me ayuda a escucharme, a ver más allá, a fijarme en cada detalle, a descubrir la magia de la naturaleza, a disfrutar de la lectura. Me permite también escribir más a menudo, aprender a valorar el silencio, organizar mis ideas o, simplemente, dejarlas volar al son de la música.
Debo agradecer el lujo de poder meter esta vivencia en mi saco de aventuras, de conocer otro país desde dentro, de tener la oportunidad de aprender un nuevo idioma (el cual se me va a resistir al principio), de hacerme más fuerte, en definitiva, de crecer.
Mi situación personal me ha hecho plantearme muchas cosas, aprender a dar valor a lo que realmente importa, a quién realmente importa. Y, a pesar de los bajones, me guío por mi voz interior que me dice que, una vez más, lo conseguiré. Ya conoceré otra gente, nunca se me ha dado mal. Espero que todo vaya saliendo mejor poco a poco y que vuelva a conseguir esa estabilidad laboral, personal y emocional que todos necesitamos. Pero mientras tanto intentaré disfrutar de cada momento en compañía o en soledad pues cada instante es, simplemente, irrepetible. Y Viena, una ciudad mágica para añadir a mi lista.
Sí, puede que me sienta un poco más sola de lo habitual. Me lo puedo tomar como un inconveniente o como una etapa de aprendizaje hasta que, como siempre, vuelva a crear un nuevo círculo de amistad.
Sí, ya tenía mi pequeño grupo aquí, es cierto. Pero las situaciones cambian y sólo queda aceptarlo y continuar. Como leí hace poco, en ocasiones tienes que renunciar a personas, no porque no te importen, sino porque tú no les importas a ellas.
Y, a pesar de mi última experiencia, doy gracias. Tengo mucha gente, ahora más lejos que cerca pero al fin y al cabo dentro de mi vida, que se siente orgullosa de formar parte de ella. No son ni mejor ni peor que aquellos otros que, por decisión propia, se apartaron de mi camino pero, para mí, esas son las personas por las que merece la pena luchar.
Por ellos, por mí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario