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martes, 14 de julio de 2015

Soy como soy

Rebobinar. Es una opción que la vida no conoce. Sólo los recuerdos son capaces de navegar en el tiempo. Pero los hechos, éstos no se pueden cambiar y siempre dejan huella, aunque a veces el tiempo gane la batalla y la mente consiga disipar las consecuencias de nuestros actos.
No obstante, cada decisión que tomamos, cada paso que damos nos guía a un rumbo, en ocasiones, insospechado. En mi caso, casi siempre.
Si hace veinte años me hubieran preguntado dónde me veía a los casi treinta años probablemente el camino que hubiera supuesto que mi versión adulta tomaría no sería el que hoy por hoy pisan mis pies. Quizás esa tímida niña hubiera dibujado en su mente a una mujer completamente diferente con una vida distinta, más estable, más acorde a lo convencional. Pero entre el antes y el ahora hay un abismo.
Echo la vista atrás y me doy cuenta de lo mucho que he cambiado. Suena paradójico que la misma adolescente que se quejaba de ir dando tumbos de casa de su padre a casa de su madre y viceversa, ahora sea la que, por decisión propia, se haya convertido en una experta en hacer maletas. 
Sí, la vida da muchas vueltas, tanto o más que mi equipaje. Un sólo instante lo puede cambiar todo. Un acierto, un error, un desengaño, un asunto importante, el más ínfimo detalle, una decisión tomada con la cabeza o, para los más valientes, con el corazón. Cualquier cosa puede desatar un huracán de acontecimientos capaz de redirigir el rumbo de tu vida y, con suerte, hasta el sentido de la misma.
Y a mí no me queda otra que agradecer ese efecto mariposa que un día lo cambió todo. Esa bendita adicción que me ha traído hasta donde estoy, que me ha convertido en lo que soy. 
Esa niña que nunca había salido de Alicante se equivocaba. El destino le iba a brindar algo menos buscado pero más valioso que un buen fajo de billetes: experiencias. 
Esos nervios placenteros cuando despega el avión, aprender un nuevo idioma, abrir la mente sin fronteras, invadir la retina de parajes maravillosos, conocer nuevas culturas, compartir risas con nuevas personas, crear segundas familias, descubrir sabores desconocidos por el paladar hasta entonces, aceptar la soledad, las primeras Navidades fuera de casa, el placer de volver en vacaciones, vuelos de 16 horas a la otra punta del globo, las risas, el llanto, las fiestas de bienvenida y abrazos de despedida, las interminables colas en decenas de aeropuertos, los extraños comienzos y los dulces finales.
Yo soy mis viajes, no mis pertenencias. 
No seré hipócrita y admitiré que ansío un trabajo estable y más dinero en mi cuenta. También corroboraré el hecho de que estoy en tierra de nadie. Siento que mi hogar no está ni al cien por cien aquí ni mucho menos allá y, en bastantes ocasiones, la contradicción domina mis días. Adoro que al volver a casa todo siga como siempre pero precisamente la ausencia de cambios es lo mismo que me impulsa a escapar. Huyo de lo que tanto extraño. Subo y bajo, como una montaña rusa. Y en ocasiones pienso que voy a perder la cordura. 
Aún así me miro y me gusta lo que veo. Cada lugar donde ha rodado mi maleta, cada lágrima, cada caída. Todo, absolutamente todo, ha merecido la pena porque estas experiencias me han forjado a mi misma. 
No somos lo que tenemos, sino lo que vivimos. 

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