Cuando te duele el corazón y tu mente se agota, es cuando el pasado entra en escena. Y nunca viene sólo. La culpabilidad y las dudas viajan con él. Se cuelan en tu presente con la única intención de machacarlo. Flagelamos nuestra alma luchando por cambiar aquello que ya ha ocurrido pero que aún nos hace daño. Nos aferramos tanto a este imposible que nos olvidamos de todo lo que hicimos bien, de cuánto luchamos, de cómo quisimos.
Hoy comencé la mañana con cierta dosis de auto-tortura. Y todo por la maldita nostalgia, por esos recuerdos que me invaden cuando menos me lo espero y hasta manipulan mis sueños a su antojo.
No es lo mismo extrañar y sonreír a que te duela echar de menos. Más frustrante es aún sentirse idiota por ello, ser consciente de la unilateralidad de tu añoranza.
Pero si el amor no es eterno, el dolor tampoco.
Puede que el corazón sufra pero es fuerte y sigue latiendo. Puede que las lágrimas nos enturbien los ojos pero también limpian el alma.
A veces, en estos días raros, sólo hay que dejar de pensar y confiar. Dejar de recordar lo que perdimos y ser conscientes de todo lo que aún podemos ganar.
Simplemente, ser pacientes y esperar porque hasta en el más enredado laberinto, siempre se puede encontrar el camino correcto.
Una sola parte no puede arruinar mi todo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario