Los hay tímidos, donde apenas rozas piel con piel. También, intensos, en los que cada átomo de tu cuerpo se recarga de energía.
Algunos son fugaces si el tiempo va en contra e imperan las prisas y obligaciones. Sin embargo, en ocasiones otros lentos nos deleitan, más puros, más sinceros. Podemos, debemos, exprimirlos, saborearlos, fundirnos en ellos y parar las agujas del reloj aunque sea por un momento. Casi interminables, mágicos.
La exaltación es la causa de algunos y, a veces, hasta motivos triviales son capaces de provocarlos, como cuando nuestro equipo de fútbol gana la Liga. No menos importantes, tienen tanto poder que hasta dos extraños dejan de serlo por unos instantes y se sienten unidos. Quizás no se vuelvan a ver pero, en ese momento, vibran al unísono como si se conocieran de toda la vida.
Y, cómo no, los hay románticos, suaves, carnales. Aquellos que aceleran el ritmo y ralentizan el tiempo. Dan cabida a la pasión, que traspasa los poros e invade dos cuerpos, ahora convertidos en uno. La imagen perfecta.
Pero también los hay con un toque agridulce. Van ligados al dolor. Los incita un problema, una pérdida, un desengaño. Son amargos y a la vez reconfortantes pues logran, de una situación negativa, transmitir positividad, directa al que lo recibe. Endulzan lo amargo. Son tiernos.
Están los de despedida, como cuando alguien se traslada al extranjero. Con ellos intentamos absorber la esencia de la otra persona y guardarla en un frasco, hasta la próxima vez. Dulce elixir de nuestro recuerdo. Son paréntesis en nuestra vida pues abren y cierran etapas. Finalizan un capítulo que, tarde o temprano, volverás a leer.
Pero, ¿qué hay de aquéllos con un final para siempre? Estos sí que duelen, si hay amor de por medio. No destensan. Son cuchillas. Te rompen por dentro y te sientes frustrado al pensar que será el último. Y, aún así, lo necesitas, aún más que los anteriores.
Hoy me viene uno a la mente, aunque luche por borrarlo. Y, por ello entre otras cosas, hoy necesito un abrazo.

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