Te hizo vibrar en cuanto lo conociste. Te hizo grande y poderosa. Una diosa infranqueable que esquivaba mil espadas. Te elevó al cielo y, como morada, construyó un templo exclusivo para ti. Además de fuerte, te hacía sentir viva. Sus ojos desprendían fuego cada vez que te miraban, su aliento buscaba la forma de mezclarse con el tuyo y sus brazos te envolvían hasta haceros invisibles.
Te dibujó un nuevo mundo ajustado a tu medida. Te hizo volar con la mente, saborear lo prohibido, descubrir y descubrirte.
Con él creabas magia, juntos eráis la magia.
Pero un día sin más se desmoronó tu templo, tu fuego se hizo ceniza y tu corazón, añicos. Se disipó tu grandeza y te volviste diminuta.
Descendiste de tu altar, tornaste tus virtudes invisibles a tus ojos y dejaste escapar tu esencia, que huyó a volar perdida. Cometiste el gran fallo de olvidar quién eras, de creerte frágil, de abrirle tu puerta al miedo.
No obstante, la verdadera fortaleza no flota sobre nubes de algodón. Se es fuerte ante a lo adverso, cuando el viento sopla en contra, cuando hay dolor, en lo oscuro.
Le echaste garra y usaste el fondo para impulsarte y fue entonces cuando te diste cuenta de que quién había cambiado no eras tú, sino su forma de verte. Tu error fue convertir su realidad en la tuya, mirar a través de sus ojos, que no te veían igual, y latir con su corazón, que no amaba como antes. Que él no viera tu belleza no la convertía en nula. Él no podía quererte, pero tú sí.
Enmendaste tu fallo, creciste, amaste, venciste. Y tu esencia volvió a ti, al lugar del que nunca debería haber huido.

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