Translate

domingo, 22 de noviembre de 2015

Mi pequeña casa mágica

No importa dónde estemos, si llueve o si truena, si asfixia el calor, si se desbarajustan los planes o alguien anda alicaído. Desde el minuto cero, estar es lo único que cuenta. Nada más necesitamos. Lo mínimo se vuelve ameno, hacer todo o no hacer nada.
Por una sola razón, porque juntos somos casa.
Cada lugar se hace cómodo, cada situación, mágica. Y si una puerta se cierra, siempre quedarán ventanas.
De particular diseño y cimientos indestructibles. ¿El secreto? Cerrarle la puerta al miedo, dar la bienvenida al amor como invitado estrella y limpiar cada resquicio de negatividad que intente colarse por la parte trasera. Porque se respira energía positiva en nuestra pequeña casa.
Porque nadie es prescindible. Sin tejado, sin paredes o sin muebles un hogar está incompleto. Nadie es más y nadie es menos. Somos uno en nuestra casa.
Porque somos cobijo, compañía, protección, comodidad y descanso. Porque estamos tan a gusto que, con esmero y sin apenas esforzarnos, decoramos nuestra casa. Para que brille, para conservar esa esencia que en cada rincón destaca.
Porque si surge un problema, haremos reformas pero no mudanza. Porque el hogar no siempre está entre cuatro paredes.
Porque, juntos, nada sobra, nada falta.
Porque juntos somos casa.



sábado, 14 de noviembre de 2015

Por París, por el mundo

No somos conscientes de la suerte que tenemos, de estar vivos, de ver el horror de los atentados de París sólo a través de la pantalla de nuestra televisión o móvil de última generación sin sufrirlo en nuestras propias carnes.
Enciendo la tele, ojeo los periódicos, navego por las redes sociales y la barbarie invade mis retinas sin dejar tregua. Desde ayer el mundo está volcado con Francia. Mensajes de apoyo, telediarios especiales, fotos de la bandera francesa en cada uno de los perfiles de Facebook y un sin fin de muestras de respeto hacia las víctimas de la masacre de ayer son la noticia del día.
Pero entre tantos gestos solidarios una mancha negra se cuela entre la opinión pública y empaña mis ojos de lágrimas y mi alma de tristeza. Por desgracia, aún existe gente que hace galardón de su ignorancia y oídos sordos a la realidad. Se encargan de culpar a los musulmanes, a los refugiados, a otros inocentes cuyo único delito es haber nacido en paises diferentes, mucho más torturados por el terrorismo que Europa occidental.
No olvidemos que existen muchas formas de terrorismo encubierto que hoy por hoy Europa y la potencia mundial siguen apoyando y que silencian los medios.
Los parisinos en absoluto merecen ser víctimas de la masacre de este fatídico viernes 13 al igual que países como Siria o Irak tampoco merecen ser aterrorizados diariamente por la guerra y la desesperanza. No me entra en la cabeza como aún quedan personas que arremeten contra inocentes y los hacen responsables de un genocidio que sus manos no han cometido, que sus mentes no han planeado ni sus corazones, deseado. Quizás esas personas de mente diminuta y corazón contaminado no sepan que sólo dos días antes de que París se viera azotado por el terrorismo, el Estado Islámico reconoció la autoría de dos atentados en la periferia de Beirut que causaron más de 40 muertos y unos 300 heridos. Al fin y al cabo huimos del mismo enemigo y hay más países como Palestina, Líbano, Irak o Siria víctimas de atrocidades. No todo se sabe porque no todo interesa.
Ningún ser humano, independientemente de su religión, nacionalidad o ideología política, merece morir ni ver cómo la vida de sus seres queridos se le es arrebatada en el falso nombre de la religión ni de ninguna otra causa. Y si nos da por culpar, no olvidemos la historia. No achaquemos todo lo malo a la religión musulmana ni olvidemos lo que la "Santa" Inquisición hizo en nombre del cristianismo. No son las religiones las culpables sino el mal uso que el hombre hace de ellas.
Mientras escribo lloro, de pena, de rabia y, desgraciadamente, de miedo. Vivimos paralizados por este monstruo que nos recuerda hacia donde vamos, a un túnel sin salida donde el amor lucha constantemente por buscarse un hueco entre tanto odio, entre tanta mentira, corrupción, falsedad y manipulación.
Repito, somos afortunados de poder seguir disfrutando del regalo de la vida. Devolvamos ese favor al mundo e impidamos que el miedo anule nuestras voces. Porque en el mundo hay terror, frustración, ira, envidia y odio pero aún queda esperanza, fe, solidaridad y amor. Y existen las buenas personas. Quizás se nos oiga menos, pero somos más.
Poco podemos hacer ante la catástrofe de ayer. Nadie podrá devolverle la vida a los más de 127 muertos (y sumando) de los atentados de París, nadie podrá curar las secuelas de los más de 300 heridos que contemplaron ante sus propios ojos como su destino cambió en cuestión de minutos, nadie podrá cambiar los dolorosos recuerdos de todos aquellos refugiados que tuvieron que huir de su tierra en busca de una oportunidad al igual que nadie por sí solo tiene el poder suficiente para evitar las barbaries que, aunque son ignoradas por los medios y por tanto por el resto de la sociedad, siguen cometiéndose diariamente en otros puntos del planeta.
Combatir contra esto nos queda grande. Aún así aún podemos hacer algo. No podemos cambiar los hechos, pero sí los pensamientos.
Dejemos de culpar a inocentes, dejemos de alimentar el miedo y empecemos a derrochar amor. Comencemos a pequeña escala y emprendamos cambios locales para conseguir efectos globales.
Como Martin Luther King Jr dijo, "la oscuridad no se puede eliminar con más oscuridad, sólo la luz puede hacer eso. El odio no se puede eliminar con más odio. Sólo el amor puede hacer eso".
Podemos ver al hombre como nuestro hermano o como nuestro peor enemigo. Y esto sí está en nuestras manos.
Por París, por el mundo, por nosotros.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Cicatrices

Si algo he aprendido a lo largo de los años es a ser más positiva y a ver cada día como un auténtico regalo. A intentar cambiar protestas por soluciones y excusas por medios. A subir como un corcho, a querer tocar el cielo, a soñar pero también a actuar. Y sobre todo a quererme más, aunque ello implique renunciar a otras personas que quiero.
Aprendí también que es importante luchar pero aún más dejar fluir. Nosotros escribimos nuestra historia, creamos cada capítulo. No obstante, en ocasiones hay páginas que escapan a nuestro control y es cuando la frustración aparece, cuando reina la incertidumbre y sacude fuerte el miedo. Ahí es cuando hay que echarle garra a la vida y pelear por lo que quieres, por quién quieres, con uñas y dientes. 
No obstante, nadar siempre a contracorriente no es bueno. En ocasiones, aunque la realidad duela, es mejor aceptar lo que nos viene y dejarnos llevar. Pero no confundamos términos. La lucha no es masoquismo ni fluir es resignarse. Se trata de no forzar las cosas, de intentar vivir sin miedo, de aprender a decir adiós, de mirar hacia adelante y de continuar, siempre continuar. 
Experimentar dolor es necesario pero no debemos ahogarnos en nuestro propio sufrimiento. Ante una herida hay dos opciones: ahondar en ella o dejar que cicatrice. 
Y si la tristeza nos invade, cambiemos miedo por fe. Dejemos de temer por el futuro, dejemos de pensar que no seremos capaces de salir del pozo y creamos en nosotros, confiemos. Puede que en algún momento lo veamos todo gris. No obstante, el color sigue existiendo. 
Si logramos que nuestra mente se guíe por la esperanza y nuestro corazón por el amor, y no el miedo, es entonces cuando realmente creceremos. Al fin y al cabo las cicatrices nos recuerdan que hubo sufrimiento, pero ya no duelen. Son sólo marcas del pasado que fortalecen el presente y nos ayudan en el futuro, que nos han de servir para sentirnos orgullosos de haber superado un golpe, de haber aprendido, de habernos levantado.
Vivir implica aceptar lo malo y valorar lo bueno. en los demás y en nosotros. No dejemos que nadie nos haga sentir pequeños porque todos somos especiales, aunque algunos se olvidaron de la magia que hay en ellos. 
Aquí en Viena aprendí todo esto. Aprendí a dejar ir, a querer en la distancia, a llorar para sanar el alma y a secarme después las lágrimas, a confiar en que pronto me invadiría una sonrisa, aprendí que para encontrarse primero hace falta perderse, aprendí que soy feliz porque yo así lo deseo.
Y ahora creo en mi magia. Veo mis cicatrices, sonrío, celebro la vida y confío en que seguiré aprendiendo...

viernes, 6 de noviembre de 2015

Un ritual especial

Me gusta la gente transparente y a la vez misteriosa, con una sola cara pero miles de facetas que explorar, con magia en los ojos y brillo propio. Que huye de las florituras y el afán de protagonismo. ¿Es mejor ser el centro de atención o dejar huella por donde pases? Adoro aquellas personas que persiguen lo segundo, que desprenden luz apenas sin esforzarse y embriagan el ambiente con su naturalidad. 
Y que ríen. Amo a la gente que estalla en carcajadas, que brinca, que demuestra con su energía que estar vivo es mucho más que respirar. Que no siempre necesitan estar perfectos, que no posan sino gozan, que salen a divertirse sin importarles nada más. 
Amantes de los pequeños detalles y de los besos sinceros. Con ellos, los saludos no son rutina sino cálidos abrazos. Convierten una noche de copas en un ritual especial. Gente con la que puedes reír, con la que puedes llorar, hacer el idiota, hablar de la vida, saltarte las normas, sincerarte, hacer miles de planes y hasta, incluso, no hacer nada. Hay personas que con su presencia ya te dan felicidad. 
No suelen actuar por compromiso pero saben comprometerse cuando aman de verdad e, incluso tras ello, se sienten más libres. Porque al fin y al cabo cuando el amor es puro y verdadero significa libertad. Ellos no entienden de hombres y mujeres, sino de personas, gente brillante que se folla a las mentes.  
Gente con garra, que persigue su suerte y no habla de culpa, sino de responsabilidad. Me gustan aquéllos que asumen sus errores y que saben perdonar, que aprendieron que el rencor no es más que autodestrucción y tienen tanto amor propio que sólo saben amar. 
Personas que cambian chismes por historias de verdad, de esas que llegan al alma y te hacen reflexionar, que te miran a los ojos cuando hablan y que hablan con propiedad. Que valoran el poder de las palabras y que saben escuchar. Que hacen del aquí y ahora una realidad constante. Con capacidad de adaptación, superación y chutes de positividad. Que al tocar fondo se impulsan y saben salir a flote. 
A veces, el dolor es inevitable e, incluso, necesario para decir "se acabó, aquí estoy yo". Esas personas lo saben y, a pesar de los problemas, creen en su felicidad. La merecen, la persiguen y la encuentran.
Ésta es mi gente, la gente que inspira, la gente real. 



martes, 3 de noviembre de 2015

Pegando cristales rotos

Perdonar no es fácil pues hay muchos factores que entran en juego: el dolor, el arrepentimiento o no de quien te ha fallado, el orgullo, la frustración, el amor que aún conservas hacia la otra persona, las ganas de volver a empezar y un largo etcétera de variables que pueden facilitar o, por el contrario, hacer más ardua esta tarea.
Cuando hay una decepción cuesta asumirlo, te es imposible mirar de frente a la otra persona y dedicarle una de tus sonrisas tal y como antes hacías de forma innata. El resentimiento se encarga de volver incómodo lo que antes simplemente fluía y pasas de flotar entre nubes de algodón a verte en el centro de un jardín lleno de cactus. Cada uno de tus movimientos implica un nuevo pinchazo que te recuerda el dolor aún presente.
Esperar el perdón es tan complicado como perdonar y olvidar. Cuando tomas conciencia de un error cometido, aparece la culpa, la vergüenza y entra escena el peor de tus enemigos, el miedo. Se adueña de ti un profundo temor al fracaso, a tener que echar por la borda una relación por culpa de tu fallo, a no poder recuperar la magia de ese universo que, día tras día, habíais creado entre los dos. Ese miedo te paraliza, actúa como un inhibidor de tu capacidad de razonamiento e, incluso, de acción. Tanto que, a veces, das pasos torpes para intentar solucionarlo y lo único que consigues es estropearlo aún más.
El daño que has hecho a alguien, cuando de verdad te arrepientes, se vuelve en tu contra por triplicado pues eres consciente de que tú eres el responsable del dolor que ambos sentís y, por mucho que lo desees, no puedes volver atrás. Sólo queda respetar el espacio de la otra persona y demostrar. Dejar de perseguir un imposible para dirigir tus energías a aquéllo que sí puedes mejorar.
No puedes cambiar el pasado pero sí construir un futuro. No puedes borrar las lágrimas que has provocado pero sí esforzarte por dibujar nuevas sonrisas. Si quieres recuperar a alguien, estás en tu derecho y obligación de luchar.
No pretendas que el camino sea fácil, puede que des un paso hacia adelante y, a continuación, tres hacia atrás. Y es en ese momento cuando entra en juego un factor clave: la capacidad de amar.
Tanto el que busca obtener el perdón como el que lo tiene en sus manos han de plantearse algo: ¿merece la pena mi esfuerzo para volver a empezar? ¿Le puede el daño a mis ganas de amar? Sólo tú sabes qué lado de la balanza pesa más.
Escucha a tu corazón y él te dará la respuesta. Si crees que ya no tiene sentido caminar junto a esa persona, desvía tu rumbo, sin rencores, apártate y vive tu vida pero sin desear ningún mal. No obstante, sí algo dentro de ti te impulsa a luchar, saca fuerzas de flaqueza. Es en los momentos malos donde se demuestra quien sucumbe ante la debilidad.
Si eres tú el que ha fallado deja de martirizarte pues es de naturaleza humana errar. Todo el mundo se equivoca pero sólo los más fuertes son capaces de asumirlo y se esfuerzan por cambiar.
Si, en cambio, tienes tú la última palabra para perdonar y crees que compensa conservar a esa persona, si ves arrepentimiento en los ojos que te miran, si tu sexto sentido te dice que ése no debe ser el final, date tiempo y, sin presiones, intenta ser bondadoso. Puede que algún día seas tú quien falle y pida otra oportunidad.
Perdonar libera el alma y es un regalo a dos bandas que trae paz interior a ambos. Pedir perdón, cuando es sentido, refleja un corazón noble. Y ambas acciones denotan fortaleza y una inmensa habilidad para querer de forma incondicional.
Amar es de valientes. Perdonar, de héroes.