Perdonar no es fácil pues hay muchos factores que entran en juego: el dolor, el arrepentimiento o no de quien te ha fallado, el orgullo, la frustración, el amor que aún conservas hacia la otra persona, las ganas de volver a empezar y un largo etcétera de variables que pueden facilitar o, por el contrario, hacer más ardua esta tarea.
Cuando hay una decepción cuesta asumirlo, te es imposible mirar de frente a la otra persona y dedicarle una de tus sonrisas tal y como antes hacías de forma innata. El resentimiento se encarga de volver incómodo lo que antes simplemente fluía y pasas de flotar entre nubes de algodón a verte en el centro de un jardín lleno de cactus. Cada uno de tus movimientos implica un nuevo pinchazo que te recuerda el dolor aún presente.
Esperar el perdón es tan complicado como perdonar y olvidar. Cuando tomas conciencia de un error cometido, aparece la culpa, la vergüenza y entra escena el peor de tus enemigos, el miedo. Se adueña de ti un profundo temor al fracaso, a tener que echar por la borda una relación por culpa de tu fallo, a no poder recuperar la magia de ese universo que, día tras día, habíais creado entre los dos. Ese miedo te paraliza, actúa como un inhibidor de tu capacidad de razonamiento e, incluso, de acción. Tanto que, a veces, das pasos torpes para intentar solucionarlo y lo único que consigues es estropearlo aún más.
El daño que has hecho a alguien, cuando de verdad te arrepientes, se vuelve en tu contra por triplicado pues eres consciente de que tú eres el responsable del dolor que ambos sentís y, por mucho que lo desees, no puedes volver atrás. Sólo queda respetar el espacio de la otra persona y demostrar. Dejar de perseguir un imposible para dirigir tus energías a aquéllo que sí puedes mejorar.
No puedes cambiar el pasado pero sí construir un futuro. No puedes borrar las lágrimas que has provocado pero sí esforzarte por dibujar nuevas sonrisas. Si quieres recuperar a alguien, estás en tu derecho y obligación de luchar.
No pretendas que el camino sea fácil, puede que des un paso hacia adelante y, a continuación, tres hacia atrás. Y es en ese momento cuando entra en juego un factor clave: la capacidad de amar.
Tanto el que busca obtener el perdón como el que lo tiene en sus manos han de plantearse algo: ¿merece la pena mi esfuerzo para volver a empezar? ¿Le puede el daño a mis ganas de amar? Sólo tú sabes qué lado de la balanza pesa más.
Escucha a tu corazón y él te dará la respuesta. Si crees que ya no tiene sentido caminar junto a esa persona, desvía tu rumbo, sin rencores, apártate y vive tu vida pero sin desear ningún mal. No obstante, sí algo dentro de ti te impulsa a luchar, saca fuerzas de flaqueza. Es en los momentos malos donde se demuestra quien sucumbe ante la debilidad.
Si eres tú el que ha fallado deja de martirizarte pues es de naturaleza humana errar. Todo el mundo se equivoca pero sólo los más fuertes son capaces de asumirlo y se esfuerzan por cambiar.
Si, en cambio, tienes tú la última palabra para perdonar y crees que compensa conservar a esa persona, si ves arrepentimiento en los ojos que te miran, si tu sexto sentido te dice que ése no debe ser el final, date tiempo y, sin presiones, intenta ser bondadoso. Puede que algún día seas tú quien falle y pida otra oportunidad.
Perdonar libera el alma y es un regalo a dos bandas que trae paz interior a ambos. Pedir perdón, cuando es sentido, refleja un corazón noble. Y ambas acciones denotan fortaleza y una inmensa habilidad para querer de forma incondicional.
Amar es de valientes. Perdonar, de héroes.

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