Si algo he aprendido a lo largo de los años es a ser más positiva y a ver cada día como un auténtico regalo. A intentar cambiar protestas por soluciones y excusas por medios. A subir como un corcho, a querer tocar el cielo, a soñar pero también a actuar. Y sobre todo a quererme más, aunque ello implique renunciar a otras personas que quiero.
Aprendí también que es importante luchar pero aún más dejar fluir. Nosotros escribimos nuestra historia, creamos cada capítulo. No obstante, en ocasiones hay páginas que escapan a nuestro control y es cuando la frustración aparece, cuando reina la incertidumbre y sacude fuerte el miedo. Ahí es cuando hay que echarle garra a la vida y pelear por lo que quieres, por quién quieres, con uñas y dientes.
No obstante, nadar siempre a contracorriente no es bueno. En ocasiones, aunque la realidad duela, es mejor aceptar lo que nos viene y dejarnos llevar. Pero no confundamos términos. La lucha no es masoquismo ni fluir es resignarse. Se trata de no forzar las cosas, de intentar vivir sin miedo, de aprender a decir adiós, de mirar hacia adelante y de continuar, siempre continuar.
Experimentar dolor es necesario pero no debemos ahogarnos en nuestro propio sufrimiento. Ante una herida hay dos opciones: ahondar en ella o dejar que cicatrice.
Y si la tristeza nos invade, cambiemos miedo por fe. Dejemos de temer por el futuro, dejemos de pensar que no seremos capaces de salir del pozo y creamos en nosotros, confiemos. Puede que en algún momento lo veamos todo gris. No obstante, el color sigue existiendo.
Si logramos que nuestra mente se guíe por la esperanza y nuestro corazón por el amor, y no el miedo, es entonces cuando realmente creceremos. Al fin y al cabo las cicatrices nos recuerdan que hubo sufrimiento, pero ya no duelen. Son sólo marcas del pasado que fortalecen el presente y nos ayudan en el futuro, que nos han de servir para sentirnos orgullosos de haber superado un golpe, de haber aprendido, de habernos levantado.
Vivir implica aceptar lo malo y valorar lo bueno. en los demás y en nosotros. No dejemos que nadie nos haga sentir pequeños porque todos somos especiales, aunque algunos se olvidaron de la magia que hay en ellos.
Aquí en Viena aprendí todo esto. Aprendí a dejar ir, a querer en la distancia, a llorar para sanar el alma y a secarme después las lágrimas, a confiar en que pronto me invadiría una sonrisa, aprendí que para encontrarse primero hace falta perderse, aprendí que soy feliz porque yo así lo deseo.
Y ahora creo en mi magia. Veo mis cicatrices, sonrío, celebro la vida y confío en que seguiré aprendiendo...

No hay comentarios:
Publicar un comentario