Mira su Facebook, siempre de fiesta. A las puertas de los treinta y sin pareja. Se le va a pasar el arroz. Pobrecita... Sin casa propia, sin sentar cabeza...
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Vayamos por partes.
Podría subir fotos mientras leo, voy al gimnasio, estudio alemán o salgo a correr. Podría atarme al primer chico que me bailara un poco el agua y pregonar a todo el mundo "lo enamorada que estoy", trasladarme a España y dejar de buscarme la vida fuera, hipotecarme, de por vida, empezar a tener hijos como quien colecciona cromos y cambiar cubatas por biberones. Podría viajar menos y aprender a cocinar, que una buena mujer ha de saber hacer una buena paella.
Podría hacer todo eso y entonces escuchar halagada: "Por fin has madurado. Te veo bien".
Pero entonces no viviría mi vida, no sería yo, no hablaríamos de mi mundo.
Y para mundos, colores.
Tengo amigos casados, unos pocos con niños, otros que siguen de flor en flor. Algunos continúan estudiando, otros persiguen o ya encontraron el trabajo se sus vidas. Conozco a gente que tiene más dinero de lo que yo tendré en media vida o en una vida entera mientras que otros cuentan los céntimos en el fondo de la billetera al llegar a fin de mes. Se atisban bodas a la vista por un lado y, por otro, billetes a festivales, hasta bodas/festivales.
Así es la gente que me rodea. Variopinta. Con ritmos de vida diferentes, con vocaciones distintas y objetivos contrapuestos. Unos dando la vuelta al mundo y otros adentrándose en familia numerosa.
Son como el agua y el aceite, diferentes, pero con algo en común. Viven su vida y punto. Sin juzgar, respetando.
No obstante, entre tanto y tanto, se cuelan los... ¿cómo describirlos? Los apenados, aquéllos que sienten lástima porque no llevas una vida como la suya, que te ven inferior porque eres soltera, vives de alquiler en un país extranjero y rozas los treinta sin haber cambiado pañales, al menos sin que te paguen por ello.
Se preguntan cuándo vas a madurar y, consciente o inconscientemente, ponen cara de haberse comido un racimo de limones tras averiguar sobre tu vida.
¿Acaso yo les pregunto cuando fue la última vez que lloraron de la risa, que vieron amanecer al ritmo de un baile, que se desmelenaron, que saltaron en un concierto o que recorrieron parte del mundo con una cámara y una mochila?
No, no lo hago porque para ellos esa pregunta no tendría ningún sentido. Porque su mundo es otro y no conciben una vida fuera de sus rutinas.
No cuestiono, no pregunto, no espero respuesta alguna. Porque entiendo que lo relevante para mí puede ser una nimiedad bajo otro punto de vista. Y porque me da igual, porque es su vida y no la mía.
Porque la felicidad es subjetiva. Lo importante es conseguirla. El camino que elijas para ello es, al fin y al cabo, un medio, una vía.
Puede que yo sea la rara en tu mundo pero es que tú eres la oveja negra del mío. ¡Qué más da si ambos somos felices!
No sientas pena por mí. Puede que ría, vibre, sueñe, folle y hasta ame más que tú.
Y que sea más madura.
Porque madurar, además de adquirir responsabilidades y crecer, es enfrentarse al dolor y hacerse más fuerte tras él, es empezar a pasar un kilo del qué dirán y preocuparse sólo por ser feliz, es entender que hay tantos mundos como personas y tantas maneras de alcanzar la felicidad como mundos. Es abrir la mente y no juzgar. Y, sobre todo, quererse, cada vez más.
Madurar es aprender a enamorarse de la vida.