En mi equipaje no sólo hay ropa, hay vivencias, frustraciones, éxitos, experiencias, amigos, cultura. Hay mundo. Irlanda, Inglaterra, Malasia, Singapur, Tailandia, Austria... No pienso detenerme. En cierto modo, me gusta el orden caótico de mi vida en una maleta.
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jueves, 30 de octubre de 2014
Día 65: Adiós Malasia
A veces puedes tener mil y un planes, todos los cabos bien atados, billetes de avión comprados y las ideas bien organizadas. Sin embargo, en cuestión de segundos todas las piezas del puzzle que ya habías encajado tiempo atrás pueden tomar una nueva posición, creando una nueva figura.
Hoy apunto hacia una nueva dirección: Tailandia. El país de las sonrisas ha decidido irrumpir en mis planes de forma precipitada, una semana antes de lo previsto.
Atrás quedan la ciudad de las Petronas. Templos budistas, mercados flotantes, masajes tailandeses, excursiones por la selva, chapuzones en playas exóticas, festivales de la luna llena y el placer de conocer otra cultura ocuparán su lugar.
Sin embargo, las nuevas maravillas de Tailandia no podrán borrar de mi mente todos los recuerdos creados durante estos meses, los lugares que he visitado, las anécdotas vividas, las risas echadas y los problemas superados.
Aunque el tiempo transcurra, en mi mente quedarán los pequeños detalles y las grandes personas. Vosotros sabéis quiénes sois.
Una nueva mini-aventura empieza: 25 días de ruta por Tailandia, quizás sin acceso a Internet ni posibilidad de actualizar el blog. Pienso aprovechar, fotografiar y filmar el mayor número de vivencias, lugares y momentos para dejar constancia a la vuelta de las maravillas que el mundo esconde y que sólo los que necesitan viajar tanto como respirar se atreven a descubrir. Nunca verás lo mágico desde el sofá de tu casa.
domingo, 26 de octubre de 2014
Día 61: Mi lágrima con la tuya
Tal día como hoy tu imagen renace con más ímpetu en mi mente. El tiempo no ha conseguido borrar ni el más mínimo detalle de tu rostro, pues el recuerdo es efímero sólo cuando el sentimiento es débil.
Tu risa entrecortada convertía el silencio en melodía y el leve cojear de tu andar llegaba a ser armonioso, era pura poesía. Aún retengo en mi memoria tu cabello, salpicado de múltiples canas, meras gotas de experiencia, explícito ejemplo de tu pericia.
El mayor de mis regalos fue que, conmigo, pudieras compartir tu vida. Y aún cuando ésta expiró, me obsequiaste con la más útil fortuna, tu inmensa sabiduría. Me llevé como legado invaluables consejos que cobran fuerza en muchas de mis decisiones y resurgen de la nada tras cada uno de mis errores.
Ya no escucho tus palabras, pero en mi cabeza se repiten cada día.Ya no siento tus abrazos y aún así te noto cerca. Y cómo no puedo verte, me conformo con tu foto, mi amuleto viajero, elemento imprescindible en mi equipaje de por vida.
Ya no escucho tus palabras, pero en mi cabeza se repiten cada día.Ya no siento tus abrazos y aún así te noto cerca. Y cómo no puedo verte, me conformo con tu foto, mi amuleto viajero, elemento imprescindible en mi equipaje de por vida.
Escribo por ti y para ti sin que tú puedas leerlo. Aunque mi intuición me dice que, juntos, cerraremos este escrito. El punto y final es nuestro: mi lágrima con la tuya.
sábado, 25 de octubre de 2014
Día 60: La cuenta atrás
Después de haber estado todo el día anterior haciendo trekking, esquivando a los monos que roban helados, móviles y todo lo que se les cruce por delante y bañándome en unas cascadas dignas de ser la portada de un anuncio de Fa, mi amigo y yo decidimos que ¿por qué no? nos merecíamos una tarde de relax.
Así que hoy, como ya viene siendo habitual, nos colamos en un hotel de lujo para refrescarnos en la piscina, algo que en España sería impensable. Sin embargo, en Malasia podría decir que me he hecho un máster en piscinas con encanto. Aquí no sólo es posible darte un chapuzón con unas vistas de escándalo sino que además, los camareros, muy atentos, te ofrecen refrescos, helados, frutos secos y hasta toallitas refrescantes para limpiarte la cara.
Después de hacerme unos largos, mientras mi amigo dormía en una de las tumbonas, me senté a contemplar los rascacielos de Kuala Lumpur que se dejaban entrever a lo lejos bajo un cielo despejado.
Entonces caí. ¡Dos semanas!
En sólo dos semanas estaré volando a Bangkok, con una mochila en la espalda y una maleta con 23 kilos de ropa. Aún pesarán más las anécdotas que me llevaré de esta otra parte del mundo.
El tiempo pasa deprisa y en cuanto menos lo espere estaré diciendo adiós a un continente que me ha regalado miles de sensaciones, salvo indiferencia.
Siempre recordaré el primer día que aterricé en Kuala Lumpur, mi cara atónita contemplado las Petronas, aquellas risas de los niños de la ONG, mi viaje a Singapur, las excursiones de fin de semana por Kuantan, Batu Caves, Melacca y otros lugares insólitos de este país. Se me vendrán a la cabeza aquellas noches surrealistas en Changkat, aquella madrugada pintando un cuadro en la casa de una artista, los baños en las cataratas de Templer's Park, la boda hindú a la que pude asistir, mis piernas con más de 30 picaduras de mosquitos y cuando me atacaron las chinches. Para nada olvidaré las tardes de relax en esta piscina, mis caminatas por la autovía para llegar a la estación, la comida de la ONG (bueno, eso espero olvidarlo), la gente que he conocido, los momentos durante la primera semana en los que pensé que no podría con esto y aquellos otros en los que me demostré a mí misma que me equivocaba, que sólo tenía que esperar.
Estoy agradecida, al destino, por haberme puesto esta experiencia en mi camino y a este país por brindarme la oportunidad de ver en primera persona un lugar completamente diferente. Quizás no pertenezca a este mundo pero simplemente por el hecho de haber aprendido a aceptar, adaptarme y convivir con otra cultura ya me siento una privilegiada.
Malasia, pienso empaparme de ti durante estas dos semanas. Comienza la cuenta atrás...
Así que hoy, como ya viene siendo habitual, nos colamos en un hotel de lujo para refrescarnos en la piscina, algo que en España sería impensable. Sin embargo, en Malasia podría decir que me he hecho un máster en piscinas con encanto. Aquí no sólo es posible darte un chapuzón con unas vistas de escándalo sino que además, los camareros, muy atentos, te ofrecen refrescos, helados, frutos secos y hasta toallitas refrescantes para limpiarte la cara.
Después de hacerme unos largos, mientras mi amigo dormía en una de las tumbonas, me senté a contemplar los rascacielos de Kuala Lumpur que se dejaban entrever a lo lejos bajo un cielo despejado.
Entonces caí. ¡Dos semanas!
En sólo dos semanas estaré volando a Bangkok, con una mochila en la espalda y una maleta con 23 kilos de ropa. Aún pesarán más las anécdotas que me llevaré de esta otra parte del mundo.
El tiempo pasa deprisa y en cuanto menos lo espere estaré diciendo adiós a un continente que me ha regalado miles de sensaciones, salvo indiferencia.
Siempre recordaré el primer día que aterricé en Kuala Lumpur, mi cara atónita contemplado las Petronas, aquellas risas de los niños de la ONG, mi viaje a Singapur, las excursiones de fin de semana por Kuantan, Batu Caves, Melacca y otros lugares insólitos de este país. Se me vendrán a la cabeza aquellas noches surrealistas en Changkat, aquella madrugada pintando un cuadro en la casa de una artista, los baños en las cataratas de Templer's Park, la boda hindú a la que pude asistir, mis piernas con más de 30 picaduras de mosquitos y cuando me atacaron las chinches. Para nada olvidaré las tardes de relax en esta piscina, mis caminatas por la autovía para llegar a la estación, la comida de la ONG (bueno, eso espero olvidarlo), la gente que he conocido, los momentos durante la primera semana en los que pensé que no podría con esto y aquellos otros en los que me demostré a mí misma que me equivocaba, que sólo tenía que esperar.
Estoy agradecida, al destino, por haberme puesto esta experiencia en mi camino y a este país por brindarme la oportunidad de ver en primera persona un lugar completamente diferente. Quizás no pertenezca a este mundo pero simplemente por el hecho de haber aprendido a aceptar, adaptarme y convivir con otra cultura ya me siento una privilegiada.
Malasia, pienso empaparme de ti durante estas dos semanas. Comienza la cuenta atrás...
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jueves, 23 de octubre de 2014
Día 58: El arte sin pasión no es arte
El arte surgió de la nada, de la absurda idea de ponerse a pintar un cuadro a las seis de la mañana tras otra noche surrealista a los pies de esta ciudad. Quizás el insomnio y el rodearme de personas que ya de por sí inspiran arte motivó el ingenio.
Y es que a veces la originalidad, las ideas más brillantes, los planes más fructíferos, son aquellos que surgen influidos por la mera casualidad junto con unas pinceladas de suerte, trazos de constancia y un toque de iniciativa.
Brochazo tras brochazo voy dibujando mi futuro. Planes, proyectos, ambiciones, nada sobra, todo importa.
En mi paleta no hay sólo un color, cuento con una amplia gama pues, con cada pincelada, la realidad puede girar. No le tengo miedo al cambio. Al contrario, lo persigo.
Me guío por tonalidades diferentes pues cada punto de vista merece ser retratado. Busco la inspiración en cada vivencia y me sumerjo en los detalles de cada éxito para seguir aprendiendo. Y si se cuela un fracaso, a pintar sobre pintado y a volver a pincelar.
Dibujo en mi mente mis metas, recalco mis experiencias y esbozo el boceto de mi siguiente aventura cuidando cada matiz. Tengo las ideas claras, sé lo que quiero, el resultado esperado, que tanto se hace esperar. Dejándome la piel en ello, apasionada por conseguirla, busco mi oportunidad, la que me lleve a pintar mi gran obra de arte. Mi lienzo está en blanco... por ahora.
Y es que a veces la originalidad, las ideas más brillantes, los planes más fructíferos, son aquellos que surgen influidos por la mera casualidad junto con unas pinceladas de suerte, trazos de constancia y un toque de iniciativa.
Brochazo tras brochazo voy dibujando mi futuro. Planes, proyectos, ambiciones, nada sobra, todo importa.
En mi paleta no hay sólo un color, cuento con una amplia gama pues, con cada pincelada, la realidad puede girar. No le tengo miedo al cambio. Al contrario, lo persigo.
Me guío por tonalidades diferentes pues cada punto de vista merece ser retratado. Busco la inspiración en cada vivencia y me sumerjo en los detalles de cada éxito para seguir aprendiendo. Y si se cuela un fracaso, a pintar sobre pintado y a volver a pincelar.
Dibujo en mi mente mis metas, recalco mis experiencias y esbozo el boceto de mi siguiente aventura cuidando cada matiz. Tengo las ideas claras, sé lo que quiero, el resultado esperado, que tanto se hace esperar. Dejándome la piel en ello, apasionada por conseguirla, busco mi oportunidad, la que me lleve a pintar mi gran obra de arte. Mi lienzo está en blanco... por ahora.
martes, 21 de octubre de 2014
Día 56: Incomparables
Comparar. Ese grave error que todos alguna vez cometemos. Establecer una balanza entre el antes y el después y que el pasado anule todo equilibrio, inclinando el peso hacia un ideal que ya no existe, anulando la realidad de un presente que aparece ante tus ojos y que no quieres mirar.
Saborear nuevos besos, quizás más dulces, pero seguir comparándolos con aquellos picantes e inacabables que querías volver a degustar. Un menú de tres platos se quedaba corto.
Adentrarte en una mirada penetrante que se muere por tus huesos y escapar de ese universo porque no es tan transparente como el que solías mirar.
Dejarte envolver por unos brazos fuertes y acordarte de aquellos menos voluminosos en los que te sentías realmente protegida, aquellos que mientras dormías seguían cada uno de tus movimientos involuntarios para encajar a la perfección con tu cuerpo desnudo. La más cómoda de tus almohadas.
Parecer interesada en una persona que parece interesante y, sin apenas ser consciente, empezar a analizar. Esquivar su conversación, de forma disimulada, y sumergirte en tus pensamientos para volver a comparar.
Esforzarte por pillar el hilo y dejarte llevar pero sabiendo que sin palabras dejarás de dialogar. No todo el mundo tiene el poder de leer el pensamiento. Cuando aprendes a hablar con los ojos, con las manos y el cerebro, abrir la boca a veces sobra.
Comparar y comparar. Querer echar de más al que echas de menos y de menos, al que echas de más.
Saborear nuevos besos, quizás más dulces, pero seguir comparándolos con aquellos picantes e inacabables que querías volver a degustar. Un menú de tres platos se quedaba corto.
Adentrarte en una mirada penetrante que se muere por tus huesos y escapar de ese universo porque no es tan transparente como el que solías mirar.
Dejarte envolver por unos brazos fuertes y acordarte de aquellos menos voluminosos en los que te sentías realmente protegida, aquellos que mientras dormías seguían cada uno de tus movimientos involuntarios para encajar a la perfección con tu cuerpo desnudo. La más cómoda de tus almohadas.
Parecer interesada en una persona que parece interesante y, sin apenas ser consciente, empezar a analizar. Esquivar su conversación, de forma disimulada, y sumergirte en tus pensamientos para volver a comparar.
Esforzarte por pillar el hilo y dejarte llevar pero sabiendo que sin palabras dejarás de dialogar. No todo el mundo tiene el poder de leer el pensamiento. Cuando aprendes a hablar con los ojos, con las manos y el cerebro, abrir la boca a veces sobra.
Comparar y comparar. Querer echar de más al que echas de menos y de menos, al que echas de más.
lunes, 20 de octubre de 2014
Día 55: Deepavali
Comienza el año nuevo hindú y, con él, las energías se renuevan para cargarse de vibraciones positivas, espiritualidad y buenas sintonías.
Este lunes era de celebración. Después del trabajo, parte de mis compañeros y yo nos encaminamos en una furgoneta, desafiando a la tormenta, hacia uno de los centros de SOLS en Cheras, no muy lejano a nuestra oficina en 1 Petaling.
Allí, Aidana, una de las profesoras de la ONG junto con sus estudiantes nos recibían con los brazos abiertos para celebrar Deepavali, el festival hindú de las luces que representa la batalla ganada del bien ante el mal, de la sabiduría ante la ignorancia y de lo divino contra la oscuridad.
Durante estos días, los hindúes se visten con sus mejores galas, invitan a sus seres más queridos y decoran sus casas con candelabros, velas y lámparas para alejar de sus vidas las malas energías.
Nosotros quisimos hacer lo mismo. Y lo conseguimos.
Por unas horas me olvidé de mis problemas, de lo cansada que estaba por haber dormido menos de cuatro horas, de los currículums que tendré que echar o del camino que deberé escoger después de esta intensa aventura. Me evadí de todo y fue gracias a ellos.
Los estudiantes consiguieron con su entusiasmo esfumar las nimiedades que elevamos a la categoría de problema en nuestras vidas. Incluso consiguieron que durante unas horas olvidáramos por completo nuestras verdaderas preocupaciones.
Me di cuenta de que a veces una conversación con un niño y unas risas con un adolescente pueden enriquecerte más que la más profunda de las charlas de nuestro mundo de adultos.
Esta tarde de lunes en el centro de Cheras no sólo se convirtió en un enriquecedor intercambio cultural sino también en uno de los gratos recuerdos que viajarán conmigo a Europa dentro de mes y medio.
Hoy me reafirmé en lo que siempre he creído: para ser adulto no basta con cumplir años. Conocer otras culturas, valorar lo diferente, enseñar a los pequeños pero sin dejar de aprender de ellos es lo que verdaderamente nos hace crecer y no lo que pone en nuestro carné de identidad. La madurez no es un número sino una mente abierta.
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jueves, 16 de octubre de 2014
Día 51: Cobardes
Buscaba una señal mientras tu voz dormía. Tímida, confundida, se hacía la distraída para ganar tiempo. No quería reaccionar. Navegué por tu mirada y descubrí en el azul de tu iris un profundo océano, donde pude ver mis sentimientos evitando naufragar. Luchaban por salir a flote sujetándose en el pacto que nuestros cuerpos desnudos crearon con lenguaje no verbal. Grabamos a fuego un tratado, ahora a punto de expirar.
Tus manos temblaban, no más que mi voz quebrada, incapaz de manifestar lo que evitaba sentir, pero ya sentía. Quise colarme en tu mente, infranqueable, buscando en algún recodo un último impulso que me diera coraje para articular palabra.
Pero sólo encontré dudas, sólo percibí miedo. Entonces, me acobardé.
Tú no hablaste. Yo tampoco. Con nuestro silencio rompimos el acuerdo que un día sin esperarlo firmamos sin más. Marché sin mirar atrás. Nos alejamos. Por cobardes.
martes, 14 de octubre de 2014
Día 49: Estalactita
A los que me dijisteis que no podría. A los que mandasteis mi currículum a la papelera de reciclaje sin leer las primeras letras. A los que me prometisteis la luna y ni una noche conmigo contemplasteis las estrellas.
A los que me disteis la espalda cuando necesitaba una mano. A los que me etiquetasteis de rara por escoger una vida que discrepa con la vuestra. A los que detrás de un guiño escondíais una crítica, disfrazando de sonrisa una puñalada trapera. A los que asociáis mis ganas de ver mundo con demente insensatez.
A los que reafirmáis estereotipos sin esforzaros por conocer alternativas opuestas. A los que fingisteis apatía en mi época más dura para sentiros mejores en conversaciones ajenas.
A veces una roca que despunta y parece que va a caer tiene el poder, para siempre, de permanecer erecta. Hoy brindaré por vosotros. En vuestra falta de apoyo reside mi fortaleza.
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lunes, 13 de octubre de 2014
Día 48: Simplemente, gracias
Por nuestros cigarros en los bordillos de SOLS. Por las noches surrealistas en Bukit Bintang. Por aguantar mis penas y acompañar mis risas. Por impulsarme a vivir esta aventura y haber aguantado conmigo de principio a fin. Por ser todo oídos cuando necesitaba hablar, labios cuando buscaba palabras de ánimo, manos cuando pedía un abrazo y ojos cuando mis lágrimas me impedían ver la realidad.
Por experimentar conmigo los contrastes de Malasia. Por nuestra vida de ricos nuestros primeros findes y la de no tan ricos tales días como hoy. Por tu constancia, en la vida y en la amistad.
Por los combinados después del trabajo sentados en la acera. Por los jagger bombs en Chankat y nuestros gin tonics en el mamak. Por bailar hasta que las piernas decían "basta". Por nuestra telepatía para destruir al mismo tiempo toda tecnología que se cruzara en nuestro camino. Por nuestra constante bipolaridad.
Por demostrarme tanto en tan poco tiempo. Por aguantar conmigo el jet lag. Por esas noches de insomnio dando vueltas por la carretera. Por aquel camino a las 3 de la mañana al hospital. Por los viajes que hemos hecho y nos quedan por hacer. Por decidir moverte para no caducar. Por descubrirme, por dejar que te descubra.
Por todo ello y mucho más, no me imagino esta experiencia sin ti. Ya no me imagino una vida en la que tú no estás.
Por experimentar conmigo los contrastes de Malasia. Por nuestra vida de ricos nuestros primeros findes y la de no tan ricos tales días como hoy. Por tu constancia, en la vida y en la amistad.
Por los combinados después del trabajo sentados en la acera. Por los jagger bombs en Chankat y nuestros gin tonics en el mamak. Por bailar hasta que las piernas decían "basta". Por nuestra telepatía para destruir al mismo tiempo toda tecnología que se cruzara en nuestro camino. Por nuestra constante bipolaridad.
Por demostrarme tanto en tan poco tiempo. Por aguantar conmigo el jet lag. Por esas noches de insomnio dando vueltas por la carretera. Por aquel camino a las 3 de la mañana al hospital. Por los viajes que hemos hecho y nos quedan por hacer. Por decidir moverte para no caducar. Por descubrirme, por dejar que te descubra.
Por todo ello y mucho más, no me imagino esta experiencia sin ti. Ya no me imagino una vida en la que tú no estás.
domingo, 12 de octubre de 2014
Día 47: ¿Y tú que odias?
Odio los silbidos de los locales al verme pasar. A mi perra la llamo con más respeto. No me agrada la idea de no tener a nadie con quien compartir este día gris y lluvioso. Una cama de noventa a veces puede quedarte demasiado grande.
Detesto enterarme de que han despedido al hermano de la enfermera infectada del ébola por miedo al contagio mientras que la "señora" Ana Mato sigue culpando al último eslabón de la cadena y conservando su puesto. Efectivamente, la misma que en 2009 pidió la dimisión de Carme Chacón por un brote de gripe porcina en un cuartel militar. Parece ser que como ha llovido desde entonces, el agua, como si de una riada se tratase, ha arrasado con su memoria y sentido de la responsabilidad.
Me indignan las noticias que me llegan de España, leer la carta de una universitaria que, indignada, renunció a su empleo tras cobrar 3.6 euros las hora. 58 euros al mes por 4 domingos sacrificando su tiempo y esfuerzo. Si todos los puestos de trabajo que el Gobierno de Rajoy dice que se han creado son como éste, vamos listos.
Aborrezco que la generación más cualificada de la historia sea denominada la "generación perdida". Por algo será. Me da aún más rabia la incompetencia de los que se aprovechan de ello, los que se lucran con las esperanzas ajenas de todos los que, cada día, nos esforzamos por superarnos, por demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que nos movemos, que no nos quedamos parados esperando a que el trabajo llame a nuestra puerta. Aunque parece ser que, a veces, esto no basta.
Odio no acordarme de olvidar, no controlar mis impulsos y caer repetidas veces en un mismo error. Quizás las tardes de lluvia me hagan más débil.
Odio tener que odiar pero, irremediablemente, hay cosas que no suscitan otro sentimiento. El mundo no es perfecto. Yo, aún menos.
Pero entre tanto odio, hay un abanico de emociones por los que merece la pena luchar: la paz al contemplar un lago en la otra punta del mundo, los mensajes de ánimo de quienes me aprecian, el entusiasmo al empezar una nueva aventura, la confianza que mi madre deposita en mí, el placer de viajar e incluso la incertidumbre de saber qué pasara. Al fin y al cabo, no todo es odio.
Detesto enterarme de que han despedido al hermano de la enfermera infectada del ébola por miedo al contagio mientras que la "señora" Ana Mato sigue culpando al último eslabón de la cadena y conservando su puesto. Efectivamente, la misma que en 2009 pidió la dimisión de Carme Chacón por un brote de gripe porcina en un cuartel militar. Parece ser que como ha llovido desde entonces, el agua, como si de una riada se tratase, ha arrasado con su memoria y sentido de la responsabilidad.
Me indignan las noticias que me llegan de España, leer la carta de una universitaria que, indignada, renunció a su empleo tras cobrar 3.6 euros las hora. 58 euros al mes por 4 domingos sacrificando su tiempo y esfuerzo. Si todos los puestos de trabajo que el Gobierno de Rajoy dice que se han creado son como éste, vamos listos.
Aborrezco que la generación más cualificada de la historia sea denominada la "generación perdida". Por algo será. Me da aún más rabia la incompetencia de los que se aprovechan de ello, los que se lucran con las esperanzas ajenas de todos los que, cada día, nos esforzamos por superarnos, por demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que nos movemos, que no nos quedamos parados esperando a que el trabajo llame a nuestra puerta. Aunque parece ser que, a veces, esto no basta.
Odio no acordarme de olvidar, no controlar mis impulsos y caer repetidas veces en un mismo error. Quizás las tardes de lluvia me hagan más débil.
Odio tener que odiar pero, irremediablemente, hay cosas que no suscitan otro sentimiento. El mundo no es perfecto. Yo, aún menos.
Pero entre tanto odio, hay un abanico de emociones por los que merece la pena luchar: la paz al contemplar un lago en la otra punta del mundo, los mensajes de ánimo de quienes me aprecian, el entusiasmo al empezar una nueva aventura, la confianza que mi madre deposita en mí, el placer de viajar e incluso la incertidumbre de saber qué pasara. Al fin y al cabo, no todo es odio.
viernes, 10 de octubre de 2014
Día 45: Carpe Diem
Últimamente pienso más en mi futuro de lo que venía siendo habitual. Siempre me he regido por el Carpe Diem y lo seguiré haciendo. Sin embargo, saber que esta aventura está ya más cerca del fin que del comienzo me hace plantearme miles de preguntas. Sé que aprovecharé mi último mes en Malasia y lo intentaré disfrutar cien mil veces más que el primero.
Un nuevo destino me espera después. Ya con los billetes comprados juego a imaginarme mis paseos por las calles de Bangkok o mis tardes al sol en la playa de Phuket. Me imagino haciendo snorkel en la isla de Kho Tao o degustando los platos típicos de la cocina tailandesa como el khao phat.
Más tarde llegaré a España. Cambiaré mi bikini por abrigo y bufanda. El frío no me impedirá disfrutar por las calles de Madrid con un trocito de mi familia. Observaré embobada la risa de mi sobrina y sobrecargaré a mis amigos de la "capi" con las miles de anécdotas que viajarán conmigo en mi maleta.
Si todo sale bien, volaré a Viena para reunirme con una de las personas que más quiero y viceversa, más me conoce, me valora y me recarga con su energía. Energía que llegará a su máximo nivel cuando, por fin, después de varios meses, pueda abrazar a mis padres, escuchar durante horas las historias de mi abuela, acariciarle la barriga a mi perra, comerme un buen cocido y tomarme unos cubatas en el sitio de siempre, con mis amigos de siempre, los cuales dirán: "Bueno, aventurera, ¿y ahora dónde te vas?".
No tengo respuesta para ello. Por primera vez en varios años no tengo ningún plan. Cuando dejé por primera vez España siempre supe cuál sería el siguiente paso, el próximo destino. Aunque tengo algo en mente, nada es cien por cien seguro.
El destino, mi carácter de culo inquieto o quizás la casualidad han decidido premiarme con sobredosis de aventura y evasión de la rutina a cambio de castigarme con incertidumbre e inestabilidad.
No me quejo. Acabar con una relación tormentosa y romper con todos los eslabones de la cadena que me ataba a una forma de vida que no era para mí fue mi mejor decisión. Viajar, lo mejor que he hecho en mi vida. Siempre recordaré Irlanda como el país que marcó un antes y un después, que descubrió mi otro "yo", mejorado, y que actuó como la mecha que encendería para siempre mis ganas de ver mundo.
No sé qué será de mí, ni en que sitio acabaré. Pero, como reza el escrito que encontré en aquel hostal de Kuantan, si no sabes dónde vas, cualquier camino te llevará allí. Así que, nada, Carpe Diem.
jueves, 9 de octubre de 2014
Día 44: Quizás no éramos tan iguales...
Transcurrió el tiempo y pasó lo que esperaba. Silencio. Absoluta indiferencia. Tampoco deseaba nada especial. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, eso dicen. Pero al menos suponía que después de compartir algo diferente, o eso yo creía, esta historia merecía un final mejor. Era una historia con fecha de caducidad pero tampoco soy un yogur para tirarlo a la basura. Un "hola" de tanto en tanto, un "conocí a otra persona", un "la canción está acabada" o simplemente "es mucho mejor adiós". Con algo de eso me sobraba, aunque ahora esté ya de sobra.
Hubiera preferido una bronca, una explicación, una razón sólida para pasar de todo a nada en tan breve espacio de tiempo. A veces la indiferencia duele más que el propio odio. Sé que no hice nada para merecer lo segundo, pero creo que tampoco, lo primero.
Releo una carta que llevaba en mi maleta. Repaso las líneas y me sumerjo en recuerdos, hoy más borrosos que ayer. Comparo el antes con el después inminente y me sigo preguntando si lo que viví fue producto de mi imaginación. Porque si no es así, entonces aún entiendo menos.
Me uno a la indiferencia, más por orgullo que por ganas. No es mi estilo actuar así. No sé cuál es mi tipo sanguíneo pero sé que tengo sangre en las venas.
Hubiera preferido una bronca, una explicación, una razón sólida para pasar de todo a nada en tan breve espacio de tiempo. A veces la indiferencia duele más que el propio odio. Sé que no hice nada para merecer lo segundo, pero creo que tampoco, lo primero.
Releo una carta que llevaba en mi maleta. Repaso las líneas y me sumerjo en recuerdos, hoy más borrosos que ayer. Comparo el antes con el después inminente y me sigo preguntando si lo que viví fue producto de mi imaginación. Porque si no es así, entonces aún entiendo menos.
Me uno a la indiferencia, más por orgullo que por ganas. No es mi estilo actuar así. No sé cuál es mi tipo sanguíneo pero sé que tengo sangre en las venas.
miércoles, 8 de octubre de 2014
Día 43: El 2015
Paciente, espero. Un golpe de suerte, una oportunidad, una señal que me indique la dirección a seguir. Algo. El tic tac del reloj me acompaña en mi eterna búsqueda, siendo a veces compañero y otras, mi peor enemigo. Desafiante, dispara la alarma a modo de recordatorio, de mi edad, de mi falta de estabilidad, de las piedras que me hacen tropezar en el camino. Paro la alarma y sigo buscando.
Encontrar mi lugar en el mundo del periodismo se ha convertido en un reto más personal que profesional. Difícil, ¿utópico? No lo creo. Los retos están para ser superados. A pasos pequeños, pero constantes, voy fraguando mi futuro, hoy por hoy, desconocido. Bien es cierto que actualmente he conseguido un hueco. Pero nada es definitivo.
Miro la fecha de caducidad de esta aventura, más cercana que lejana, y pienso, ¿qué es lo próximo? No hay respuesta, sólo dudas. Espero con calma mi suerte. Y mientras tanto la busco. Cambio la frustración por esperanza; la desmotivación, por tesón y la negatividad, por esas palabras de ánimo que escuché hace un par de horas. "El 2015 es tu año". ¿Presagio? Ojalá. Mientras tanto, yo busco.
Encontrar mi lugar en el mundo del periodismo se ha convertido en un reto más personal que profesional. Difícil, ¿utópico? No lo creo. Los retos están para ser superados. A pasos pequeños, pero constantes, voy fraguando mi futuro, hoy por hoy, desconocido. Bien es cierto que actualmente he conseguido un hueco. Pero nada es definitivo.
Miro la fecha de caducidad de esta aventura, más cercana que lejana, y pienso, ¿qué es lo próximo? No hay respuesta, sólo dudas. Espero con calma mi suerte. Y mientras tanto la busco. Cambio la frustración por esperanza; la desmotivación, por tesón y la negatividad, por esas palabras de ánimo que escuché hace un par de horas. "El 2015 es tu año". ¿Presagio? Ojalá. Mientras tanto, yo busco.
martes, 7 de octubre de 2014
Día 42: Fuga de estrellas
Me levanté esta mañana con mal sabor de boca. Un turbio recuerdo se había colado en mis sueños sin invitación alguna con la intención fallida de condicionar mi día. Como de costumbre, me di una ducha, desayuné y sin apenas tiempo para fumarme un cigarro, marché hacia la oficina, aún sumida en mis pensamientos. Una vez sentada, comencé con el procedimiento rutinario de cada día; portátil encendido, batería conectada, móvil en silencio, revisión de emails y breve visita al Facebook antes de comenzar la jornada laboral.
Fue entonces cuando un mensaje tuvo el poder de dar un giro radical a mi día. Eran palabras, sólo palabras, de una persona que ha estado a mi lado en muchos momentos, que me ha escuchado, me ha sacado de quicio, me ha comprendido, me ha visto reír, llorar, enloquecer, soñar, en definitiva, vivir.
Eran sólo palabras. Hace tiempo descubrí que no hay que sobrevalorar un conjunto de frases impregnadas de promesas que se rinden al olvido. En cambio, el valor de éstas venía abalado por su remitente. Aunque no consigo esquivar decepciones, aún tengo la suerte de rodearme de personas que actúan con elocuencia, que hablan menos y demuestran más, que luchan, que no entienden de límites, ni distancia, ni barreras. Esbozando una sonrisa descubrí mi fortuna.
Con esta reflexión finaliza mi día. Me detengo a disfrutar del ocaso minutos antes de que la oscuridad absoluta se apodere de la ciudad. Es curioso cómo observar los astros en Kuala se ha convertido en tarea casi imposible. No hay estrellas en mi cielo. Quizás estén en mi tierra.
Fue entonces cuando un mensaje tuvo el poder de dar un giro radical a mi día. Eran palabras, sólo palabras, de una persona que ha estado a mi lado en muchos momentos, que me ha escuchado, me ha sacado de quicio, me ha comprendido, me ha visto reír, llorar, enloquecer, soñar, en definitiva, vivir.
Eran sólo palabras. Hace tiempo descubrí que no hay que sobrevalorar un conjunto de frases impregnadas de promesas que se rinden al olvido. En cambio, el valor de éstas venía abalado por su remitente. Aunque no consigo esquivar decepciones, aún tengo la suerte de rodearme de personas que actúan con elocuencia, que hablan menos y demuestran más, que luchan, que no entienden de límites, ni distancia, ni barreras. Esbozando una sonrisa descubrí mi fortuna.
Con esta reflexión finaliza mi día. Me detengo a disfrutar del ocaso minutos antes de que la oscuridad absoluta se apodere de la ciudad. Es curioso cómo observar los astros en Kuala se ha convertido en tarea casi imposible. No hay estrellas en mi cielo. Quizás estén en mi tierra.
lunes, 6 de octubre de 2014
Día 41: A la orilla del Pacífico
Cada fin de semana Malasia me ofrece algo que descubrir. Un nuevo paisaje, sensaciones distintas, emociones diferentes y anécdotas varias, con la compañía de siempre o con personas nuevas que se cruzan en mi camino y lo llenan de vitalidad. Cada rincón de este país sorprende, para bien o para mal, pero no deja indiferente. Cada momento en esta otra parte del mundo, tan alejada de España, es inigualable. Cada paisaje, un regalo para la vista, un recuerdo digno de ser rememorado que reta al paso del tiempo.
Este fin de semana volví a cargar con la mochila con el objetivo de seguir explorando este país tan particular. Destino: Kuantan, la capital del estado de Pahang, al este de Malasia. Después de cinco horas de viaje, llegamos al hostal. Nos descalzamos para entrar, requisito indispensable en esta otra parte del mundo, y dejamos los macutos encima de las literas para bajar a cenar algo en el restaurante de la zona. Caía una tormenta monumental, lo que nos limitó un poco los planes. Cambiamos la excursión nocturna prevista a la costa por unas copas en el hostal jugando al famoso "yo nunca" o simplemente intercambiando anécdotas pasadas y planes futuros. La mesa quedó rodeada por diferentes nacionalidades, inglesa, española, malasia, sueca, canadiense, brasileña... El remix de culturas dio lugar a una enriquecedora conversación donde las diferencias culturales saltaban a la vista pero siempre unidas a un punto común: el esfuerzo por entender el por qué de las cosas, sin juzgar al otro ante la defensa de una forma de ver la vida absolutamente distinta.
Terminó la noche y nos acostamos con el deseo de que el aguacero dejara paso al sol. Habíamos venido a disfrutar de un fin de semana a la orilla del mar y nadie deseaba que la época de monzón pudiera estropearlo.
Tuvimos suerte. El sol ganó terreno en el cielo y le ganó la batalla a la lluvia. A nuestro grupo se sumaron unos macacos que quisieron dejar claro de quién era el territorio. Robaban los helados de los turistas y miraban desafiantes a aquellos que les abrumaban con los flashes de las cámaras. Imagino que estaban tan incómodos como yo cuando por un momento me sentí totalmente observada por unos locales al quitarme los shorts y correr hacia el mar en bikini. La idea de hacer topless aquí ya había desaparecido antes de mi cabeza aunque tampoco pensaba que mostrar parte de mi cuerpo iba a levantar tanta expectación.
Ese mero hecho me hizo retroceder a la noche anterior. Me di cuenta de lo diferente que podemos llegar a ser los seres humanos dependiendo de ideologías, religión, educación o creencias políticas. Lo que yo veo algo tan normal como ponerme minifalda, hacer topless o mostrar alguna muestra de cariño por la calle puede ser visto por otros como una auténtica provocación. Todo depende de los ojos de aquél que mire. Respeto, me esfuerzo por comprender esta cultura y convivo con ella. Mis ojos no se olvidarán de mirar con tolerancia pero siempre tendré presente que para mí con libertad la vida la veo mejor.
Este fin de semana volví a cargar con la mochila con el objetivo de seguir explorando este país tan particular. Destino: Kuantan, la capital del estado de Pahang, al este de Malasia. Después de cinco horas de viaje, llegamos al hostal. Nos descalzamos para entrar, requisito indispensable en esta otra parte del mundo, y dejamos los macutos encima de las literas para bajar a cenar algo en el restaurante de la zona. Caía una tormenta monumental, lo que nos limitó un poco los planes. Cambiamos la excursión nocturna prevista a la costa por unas copas en el hostal jugando al famoso "yo nunca" o simplemente intercambiando anécdotas pasadas y planes futuros. La mesa quedó rodeada por diferentes nacionalidades, inglesa, española, malasia, sueca, canadiense, brasileña... El remix de culturas dio lugar a una enriquecedora conversación donde las diferencias culturales saltaban a la vista pero siempre unidas a un punto común: el esfuerzo por entender el por qué de las cosas, sin juzgar al otro ante la defensa de una forma de ver la vida absolutamente distinta.
Tuvimos suerte. El sol ganó terreno en el cielo y le ganó la batalla a la lluvia. A nuestro grupo se sumaron unos macacos que quisieron dejar claro de quién era el territorio. Robaban los helados de los turistas y miraban desafiantes a aquellos que les abrumaban con los flashes de las cámaras. Imagino que estaban tan incómodos como yo cuando por un momento me sentí totalmente observada por unos locales al quitarme los shorts y correr hacia el mar en bikini. La idea de hacer topless aquí ya había desaparecido antes de mi cabeza aunque tampoco pensaba que mostrar parte de mi cuerpo iba a levantar tanta expectación.
Ese mero hecho me hizo retroceder a la noche anterior. Me di cuenta de lo diferente que podemos llegar a ser los seres humanos dependiendo de ideologías, religión, educación o creencias políticas. Lo que yo veo algo tan normal como ponerme minifalda, hacer topless o mostrar alguna muestra de cariño por la calle puede ser visto por otros como una auténtica provocación. Todo depende de los ojos de aquél que mire. Respeto, me esfuerzo por comprender esta cultura y convivo con ella. Mis ojos no se olvidarán de mirar con tolerancia pero siempre tendré presente que para mí con libertad la vida la veo mejor.
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Ubicación:
Kuantan, Pahang, Malasia
jueves, 2 de octubre de 2014
Día 37: No podrás conmigo
Tú, que cobras formas diferentes y te crees omnipresente. Poderoso, dañino, embustero. Que manejas a tus marionetas con la maña de un titiritero y predicas lo contrario a lo que tus actos reflejan, que destruyes esperanzas con un solo parpadeo. Te vanaglorias de méritos ajenos para construir tu paraíso, evocando falsedad en cada uno de tus gestos. Te encuentras en todas partes, esparcido por el mundo, el primero y el tercero. No eres sólo una persona sino un conjunto insincero, impuro, malévolo, de entramado duradero.
A tus pies tienes tu séquito ensalzando tu poder. Te aprovechas de ilusiones, de vocación y talento. Tus armas más poderosas son la desesperación y el miedo, pero no el tuyo, el del resto. De tu autoridad abusas, con excusas, sin criterio. Inmigrantes y expatriados se han cruzado en tu camino, algunos tuvieron fortuna, otros te esquivan sin éxito. Te ríes de sus huidas pues apareces de nuevo.
No podrás con mi constancia, no destruirás mis sueños. De nada sirve quejarse, sin luchar por tus deseos. Has podido con nosotros, pero sólo hasta el momento.
miércoles, 1 de octubre de 2014
Día 36: Cuando no existe el otoño...
Recuerdo
el chasquido que hacían mis pies pisando las hojas. Descansaban tranquilas tras haber improvisado segundos antes una coreografía que desafiaba a la gravedad. Un árbol desnudo agitaba sus ramas,
tímido, reclamando su follaje, ahora en el suelo. El marrón teñía el paisaje, perfilado con
tonos amarillos que brillaban con fuerza con los primeros rayos de sol.
Recuerdo no caminar sola. Alguien me apartaba de mi cara el pelo, cómplice del rebelde viento. No consigo acordarme a la perfección de su rostro, cada día está más borroso. Lucho por memorizarlo pero ha hecho mella el tiempo. No obstante, aún retengo en mi memoria sus ojos, su arma más poderosa. Con tan sólo una mirada, me leía el pensamiento. Peligroso. Tentador.
Deambulamos sin rumbo, añorando el verano, alejados del invierno. Aquí no existe el otoño. El calor sofocante no da paso al entretiempo. Extraño ese árbol nudo, esas hojas cayendo, su mirada telepática de color azul cielo. Se marchó con la estación. Fue conciso pero intenso. Prometió volver en otoño. Lo creí. Ahora reflexiono y siento que fue un "hasta luego" fingido, que fue un adiós encubierto. Caigo en que caí en su trampa. Pues aquí hay verano eterno...
Recuerdo no caminar sola. Alguien me apartaba de mi cara el pelo, cómplice del rebelde viento. No consigo acordarme a la perfección de su rostro, cada día está más borroso. Lucho por memorizarlo pero ha hecho mella el tiempo. No obstante, aún retengo en mi memoria sus ojos, su arma más poderosa. Con tan sólo una mirada, me leía el pensamiento. Peligroso. Tentador.
Deambulamos sin rumbo, añorando el verano, alejados del invierno. Aquí no existe el otoño. El calor sofocante no da paso al entretiempo. Extraño ese árbol nudo, esas hojas cayendo, su mirada telepática de color azul cielo. Se marchó con la estación. Fue conciso pero intenso. Prometió volver en otoño. Lo creí. Ahora reflexiono y siento que fue un "hasta luego" fingido, que fue un adiós encubierto. Caigo en que caí en su trampa. Pues aquí hay verano eterno...
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