Transcurrió el tiempo y pasó lo que esperaba. Silencio. Absoluta indiferencia. Tampoco deseaba nada especial. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, eso dicen. Pero al menos suponía que después de compartir algo diferente, o eso yo creía, esta historia merecía un final mejor. Era una historia con fecha de caducidad pero tampoco soy un yogur para tirarlo a la basura. Un "hola" de tanto en tanto, un "conocí a otra persona", un "la canción está acabada" o simplemente "es mucho mejor adiós". Con algo de eso me sobraba, aunque ahora esté ya de sobra.
Hubiera preferido una bronca, una explicación, una razón sólida para pasar de todo a nada en tan breve espacio de tiempo. A veces la indiferencia duele más que el propio odio. Sé que no hice nada para merecer lo segundo, pero creo que tampoco, lo primero.
Releo una carta que llevaba en mi maleta. Repaso las líneas y me sumerjo en recuerdos, hoy más borrosos que ayer. Comparo el antes con el después inminente y me sigo preguntando si lo que viví fue producto de mi imaginación. Porque si no es así, entonces aún entiendo menos.
Me uno a la indiferencia, más por orgullo que por ganas. No es mi estilo actuar así. No sé cuál es mi tipo sanguíneo pero sé que tengo sangre en las venas.
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