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domingo, 12 de octubre de 2014

Día 47: ¿Y tú que odias?

Odio los silbidos de los locales al verme pasar. A mi perra la llamo con más respeto. No me agrada la idea de no tener a nadie con quien compartir este día gris y lluvioso. Una cama de noventa a veces puede quedarte demasiado grande.
Detesto enterarme de que han despedido al hermano de la enfermera infectada del ébola por miedo al contagio mientras que la "señora" Ana Mato sigue culpando al último eslabón de la cadena y conservando su puesto. Efectivamente, la misma que en 2009 pidió la dimisión de Carme Chacón por un brote de gripe porcina en un cuartel militar. Parece ser que como ha llovido desde entonces, el agua, como si de una riada se tratase, ha arrasado con su memoria y sentido de la responsabilidad.
Me indignan las noticias que me llegan de España, leer la carta de una universitaria que, indignada, renunció a su empleo tras cobrar 3.6 euros las hora. 58 euros al mes por 4 domingos sacrificando su tiempo y esfuerzo. Si todos los puestos de trabajo que el Gobierno de Rajoy dice que se han creado son como éste, vamos listos.
Aborrezco que la generación más cualificada de la historia sea denominada la "generación perdida". Por algo será. Me da aún más rabia la incompetencia de los que se aprovechan de ello, los que se lucran con las esperanzas ajenas de todos los que, cada día, nos esforzamos por superarnos, por demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que nos movemos, que no nos quedamos parados esperando a que el trabajo llame a nuestra puerta. Aunque parece ser que, a veces, esto no basta.
Odio no acordarme de olvidar, no controlar mis impulsos y caer repetidas veces en un mismo error. Quizás las tardes de lluvia me hagan más débil.
Odio tener que odiar pero, irremediablemente, hay cosas que no suscitan otro sentimiento. El mundo no es perfecto. Yo, aún menos.
Pero entre tanto odio, hay un abanico de emociones por los que merece la pena luchar: la paz al contemplar un lago en la otra punta del mundo, los mensajes de ánimo de quienes me aprecian, el entusiasmo al empezar una nueva aventura, la confianza que mi madre deposita en mí, el placer de viajar e incluso la incertidumbre de saber qué pasara. Al fin y al cabo, no todo es odio.

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