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sábado, 25 de octubre de 2014

Día 60: La cuenta atrás

Después de haber estado todo el día anterior haciendo trekking, esquivando a los monos que roban helados, móviles y todo lo que se les cruce por delante y bañándome en unas cascadas dignas de ser la portada de un anuncio de Fa, mi amigo y yo decidimos que ¿por qué no? nos merecíamos una tarde de relax.
Así que hoy, como ya viene siendo habitual, nos colamos en un hotel de lujo para refrescarnos en la piscina, algo que en España sería impensable. Sin embargo, en Malasia podría decir que me he hecho un máster en piscinas con encanto. Aquí no sólo es posible darte un chapuzón con unas vistas de escándalo sino que además, los camareros, muy atentos, te ofrecen refrescos, helados, frutos secos y hasta toallitas refrescantes para limpiarte la cara.
Después de hacerme unos largos, mientras mi amigo dormía en una de las tumbonas, me senté a contemplar los rascacielos de Kuala Lumpur que se dejaban entrever a lo lejos bajo un cielo despejado.
Entonces caí. ¡Dos semanas!
En sólo dos semanas estaré volando a Bangkok, con una mochila en la espalda y una maleta con 23 kilos de ropa. Aún pesarán más las anécdotas que me llevaré de esta otra parte del mundo.
El tiempo pasa deprisa y en cuanto menos lo espere estaré diciendo adiós a un continente que me ha regalado miles de sensaciones, salvo indiferencia.
Siempre recordaré el primer día que aterricé en Kuala Lumpur, mi cara atónita contemplado las Petronas, aquellas risas de los niños de la ONG,  mi viaje a Singapur, las excursiones de fin de semana por Kuantan, Batu Caves, Melacca y otros lugares insólitos de este país. Se me vendrán a la cabeza aquellas noches surrealistas en Changkat, aquella madrugada pintando un cuadro en la casa de una artista, los baños en las cataratas de Templer's Park, la boda hindú a la que pude asistir, mis piernas con más de 30 picaduras de mosquitos y cuando me atacaron las chinches. Para nada olvidaré las tardes de relax en esta piscina, mis caminatas por la autovía para llegar a la estación, la comida de la ONG (bueno, eso espero olvidarlo), la gente que he conocido, los momentos durante la primera semana en los que pensé que no podría con esto y aquellos otros en los que me demostré a mí misma que me equivocaba, que sólo tenía que esperar.
Estoy agradecida, al destino, por haberme puesto esta experiencia en mi camino y a este país por brindarme la oportunidad de ver en primera persona un lugar completamente diferente. Quizás no pertenezca a este mundo pero simplemente por el hecho de haber aprendido a aceptar, adaptarme y convivir con otra cultura ya me siento una privilegiada.
Malasia, pienso empaparme de ti durante estas dos semanas. Comienza la cuenta atrás...

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