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lunes, 6 de octubre de 2014

Día 41: A la orilla del Pacífico

Cada fin de semana Malasia me ofrece algo que descubrir. Un nuevo paisaje, sensaciones distintas, emociones diferentes y anécdotas varias, con la compañía de siempre o con personas nuevas que se cruzan en mi camino y lo llenan de vitalidad. Cada rincón de este país sorprende, para bien o para mal, pero no deja indiferente. Cada momento en esta otra parte del mundo, tan alejada de España, es inigualable. Cada paisaje, un regalo para la vista, un recuerdo digno de ser rememorado que reta al paso del tiempo.
Este fin de semana volví a cargar con la mochila con el objetivo de seguir explorando este país tan particular. Destino: Kuantan, la capital del estado de Pahang, al este de Malasia. Después de cinco horas de viaje, llegamos al hostal. Nos descalzamos para entrar, requisito indispensable en esta otra parte del mundo, y dejamos los macutos encima de las literas para bajar a cenar algo en el restaurante de la zona. Caía una tormenta monumental, lo que nos limitó un poco los planes. Cambiamos la excursión nocturna prevista a la costa por unas copas en el hostal jugando al famoso "yo nunca" o simplemente intercambiando anécdotas pasadas y planes futuros. La mesa quedó rodeada por diferentes nacionalidades, inglesa, española, malasia, sueca, canadiense, brasileña... El remix de culturas dio lugar a una enriquecedora conversación donde las diferencias culturales saltaban a la vista pero siempre unidas a un punto común: el esfuerzo por entender el por qué de las cosas, sin juzgar al otro ante la defensa de una forma de ver la vida absolutamente distinta.
Terminó la noche y nos acostamos con el deseo de que el aguacero dejara paso al sol. Habíamos venido a disfrutar de un fin de semana a la orilla del mar y nadie deseaba que la época de monzón pudiera estropearlo.
Tuvimos suerte. El sol ganó terreno en el cielo y le ganó la batalla a la lluvia. A nuestro grupo se sumaron unos macacos que quisieron dejar claro de quién era el territorio. Robaban los helados de los turistas y miraban desafiantes a aquellos que les abrumaban con los flashes de las cámaras. Imagino que estaban tan incómodos como yo cuando por un momento me sentí totalmente observada por unos locales al quitarme los shorts y correr hacia el mar en bikini.  La idea de hacer topless aquí ya había desaparecido antes de mi cabeza aunque tampoco pensaba que mostrar parte de mi cuerpo iba a levantar tanta expectación.
Ese mero hecho me hizo retroceder a la noche anterior. Me di cuenta de lo diferente que podemos llegar a ser los seres humanos dependiendo de ideologías, religión, educación o creencias políticas. Lo que yo veo algo tan normal como ponerme minifalda, hacer topless o mostrar alguna muestra de cariño por la calle puede ser visto por otros como una auténtica provocación. Todo depende de los ojos de aquél que mire. Respeto, me esfuerzo por comprender esta cultura y convivo con ella. Mis ojos no se olvidarán de mirar con tolerancia pero siempre tendré presente que para mí con libertad la vida la veo mejor.

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