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martes, 7 de octubre de 2014

Día 42: Fuga de estrellas

Me levanté esta mañana con mal sabor de boca. Un turbio recuerdo se había colado en mis sueños sin invitación alguna con la intención fallida de condicionar mi día. Como de costumbre, me di una ducha, desayuné y sin apenas tiempo para fumarme un cigarro, marché hacia la oficina, aún sumida en mis pensamientos. Una vez sentada, comencé con el procedimiento rutinario de cada día; portátil encendido, batería conectada, móvil en silencio, revisión de emails y breve visita al Facebook antes de comenzar la jornada laboral.
Fue entonces cuando un mensaje tuvo el poder de dar un giro radical a mi día. Eran palabras, sólo palabras, de una persona que ha estado a mi lado en muchos momentos, que me ha escuchado, me ha sacado de quicio, me ha comprendido, me ha visto reír, llorar, enloquecer, soñar, en definitiva, vivir.
Eran sólo palabras. Hace tiempo descubrí que no hay que sobrevalorar un conjunto de frases impregnadas de promesas que se rinden al olvido. En cambio, el valor de éstas venía abalado por su remitente. Aunque no consigo esquivar decepciones, aún tengo la suerte de rodearme de personas que actúan con elocuencia, que hablan menos y demuestran más, que luchan, que no entienden de límites, ni distancia, ni barreras. Esbozando una sonrisa descubrí mi fortuna.
Con esta reflexión finaliza mi día. Me detengo a disfrutar del ocaso minutos antes de que la oscuridad absoluta se apodere de la ciudad. Es curioso cómo observar los astros en Kuala se ha convertido en tarea casi imposible. No hay estrellas en mi cielo. Quizás estén en mi tierra.



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