El arte surgió de la nada, de la absurda idea de ponerse a pintar un cuadro a las seis de la mañana tras otra noche surrealista a los pies de esta ciudad. Quizás el insomnio y el rodearme de personas que ya de por sí inspiran arte motivó el ingenio.
Y es que a veces la originalidad, las ideas más brillantes, los planes más fructíferos, son aquellos que surgen influidos por la mera casualidad junto con unas pinceladas de suerte, trazos de constancia y un toque de iniciativa.
Brochazo tras brochazo voy dibujando mi futuro. Planes, proyectos, ambiciones, nada sobra, todo importa.
En mi paleta no hay sólo un color, cuento con una amplia gama pues, con cada pincelada, la realidad puede girar. No le tengo miedo al cambio. Al contrario, lo persigo.
Me guío por tonalidades diferentes pues cada punto de vista merece ser retratado. Busco la inspiración en cada vivencia y me sumerjo en los detalles de cada éxito para seguir aprendiendo. Y si se cuela un fracaso, a pintar sobre pintado y a volver a pincelar.
Dibujo en mi mente mis metas, recalco mis experiencias y esbozo el boceto de mi siguiente aventura cuidando cada matiz. Tengo las ideas claras, sé lo que quiero, el resultado esperado, que tanto se hace esperar. Dejándome la piel en ello, apasionada por conseguirla, busco mi oportunidad, la que me lleve a pintar mi gran obra de arte. Mi lienzo está en blanco... por ahora.

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