Cuando un niño se sube en un columpio se para el tiempo. Su sonrisa se deja entrever mientras un movimiento mecánico crea una pequeña burbuja donde sus nimias preocupaciones dejan de existir. La mente en blanco. Quizás dure unos minutos, pero en ese instante el vaivén del balancín da paso a la tranquilidad y sus cadenas enmudencen al tic tac del reloj. Durante unos segundos el mundo se para.
Este verano decidí subirme a un columpio, bajar la guardia, volver a ser niña. Alguien me dio el primer impulso y, efectivamente, desde ese balanceo el reloj se paró. Hasta que la realidad decidió volverle a dar cuerda.
Llegó el momento de salir de esa burbuja en la que estaba tan cómoda. Bajé del balancín con la intención de vivir una nueva aventura, de crecer. Nada dura eternamente, dicen. Pero siempre habrán instantes en los que el tiempo cese en su intento de correr. Entonces buscaré un columpio. Y, quién sabe, quizás esté allí aquel compañero de juegos que me dio el primer impulso.

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