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viernes, 19 de septiembre de 2014

Día 24: Aullando

Abrió los ojos, tragó saliva, miró hacia el lado derecho y no estaba. La noche le jugó una mala pasada. Cuando estaba dormida todo era más fácil. Desconectaba su mente, activaba el corazón y entonces todas las emociones que despierta luchaba por enterrar salían a flote. Esa noche tuvo el poder de elegir su historia. Dibujó el universo en el que habitaba, una cueva oscura y húmeda donde la vegetación se enredaba entre las rocas. Eligió a conciencia los personajes que protagonizarían su sueño, sólo dos, y el argumento que despierta  veía tan imposible se convirtió en el eje central de su historia.
Se dejó llevar. En cierto modo sabía que no era real, que estaba soñando, pero una milésima parte de su interior le incitaba a seguir viviendo esa realidad inventada que en cuestión de minutos se desvanecería. Se sumergió en su nuevo mundo, a ciegas. Un halo de luz de luna se dejaba entrever hasta que la oscuridad envolvió el ambiente. Sabía que no estaba sola. Le oía respirar, rozó su mano y el deseo le invadió todos los sentidos. Enloqueció. “Sigue dormida”, una voz interior le decía. “No abras los ojos…” y no lo hizo. Permaneció allí, en ese escenario perfectamente diseñado, con él.
Los dos enloquecieron juntos. La oscuridad se hacía más y más profunda. Notaban sus presencias, la vista no importaba pues el resto de los sentidos habían cobrado una importancia absoluta. Su aroma impregnó el ambiente, saborearon sus besos, palparon cada centímetro de sus cuerpos mientras escuchaban una canción de fondo que se repetía una y otra vez. Como si de dos lobos se tratara aullaron bajo la luz de la luna. Hasta que de repente, la oscuridad dejó paso a la luz del sol. Desapareció su aroma, su boca, su cuerpo, aquella canción. Abrió los ojos. Estaba sola, le sobraba cama. Ya no sería lo mismo… esperaría hasta el próximo sueño. 


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