Diciembre del 2012. Volaba desde Londres, después de más de 6
meses sin pisar mi tierra, y me recibías con este abrazo. Nunca te lo dije pero
fue uno de los mejores regalos que tuve esas Navidades. Necesitaba a mi
familia, te necesitaba a ti. Durante quince segundos quise exprimir tu esencia,
retener el calor de ese tórrido abrazo. Me faltó tiempo. Las agujas del reloj a
menudo giran muy rápido. Pasan los días, cumples años, la vida sigue y el
tiempo se nos escapa. No obstante, los recuerdos son lo único que, si lo
deseamos, con nosotros permanece.
Recuerdo aquellas tardes en el campo, las mañanas de verano en Los
Ángeles, aquel golpe que te diste en la cabecera de tu cama haciendo el loco
conmigo, la bronca de después por haberte descuidado, nuestras risas observando
atónitos a la abuela, las peleas, las reconciliaciones, nuestros pitis en el
balcón, tu manera de decir "perdóname" o "te quiero"
sin molestarte en mover los labios, tu voz resonando alrededor de la mesa, tu
adicción al zumo de tomate, la primera vez que me hablaste de Andrea, con
timidez, sin dar detalles. Recuerdo ser tu cómplice y a veces, tu rival.
Recuerdo ser tu risa; en ocasiones, tu angustia. Recuerdo llorar contigo y reír
a carcajadas, gritar de rabia y suspirar de alivio. Me esfuerzo en retener cada
matiz y no descuidar los detalles, porque todos, absolutamente todos mis
momentos contigo, desde el más bueno al más malo, han merecido la pena
simplemente por el hecho de ser vividos a tu lado. Con ansias esperaré,
disfrutaré y, por supuesto, recordaré tu
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