Un cambio radical al que me estoy empezando a acostumbrar en una ciudad donde reinan las contradicciones. Al atravesar las barreras de control de la estación de tren se encienden luces rojas emitiendo un sonido que estalla en el tímpano de los pasajeros. No es para indicar que alguien decidió colarse para ahorrarse el ringgit del ticket, sino para avisar a los controladores de que todo va bien. Debe de ser que en Kuala Lumpur prefieren optar por el rojo y los ruidos estrepitosos para dar la voz de alarma.
Vivo en una ciudad donde la homosexualidad es un tema tabú, pero el círculo gay es más amplio que en Londres. Por otro lado, fumar en la estación de tren está penado con dos años de cárcel. Sin embargo, los adictos, por desgracia, a la nicotina como yo inhalamos el humo de nuestros cigarros mientras nos refrescamos tomando un té helado al limón (bebida local típica) en uno de los numerosos bares del centro. Y es que en algunos sitios sí está permitido fumar.
Vivo en un lugar donde no me canso de ver a hombres que pasean en tirantes y bermudas debido al calor asfixiante que emana del sol mientras que aún me sorprendo cuando me encuentro una mujer llevando burka prácticamente en cada esquina y muchos maniquíes tapados hasta los ojos
En Kuala Lumpur hay lugares imposibles de atravesar si no es andando por el arcén de la autovía. Todo el mundo lo sabe, viandantes y conductores, pero siempre suenan pitidos en plan ¡Qué locura está usted haciendo! cuando pasan autobuses. Al igual que también es contradictorio que en una ciudad donde la media de grados es 30, una chaqueta se convierta en prenda imprescindible al coger el transporte público debido al uso inhumano del aire acondicionado. Mi amigo Ari y sus nuevas inseparables compañeras de viaje llamadas amígdalas pueden dar fe de ello.
Resido en Kuala Lumpur, acostumbrándome a vivir contradicciones. Sin embargo hay una a la que no me acostumbro y es no poder encontrar por ningún comercio aquellos pantalones bombachos que, se supone, tanto están aquí de moda. Alguien me prestó unos una noche de verano tras firmarme varios cheques que, a juzgar por la reciente indiferencia, nunca llegaré a cobrar... Algún día los encontraré ¿o no? Quizás será que nunca nací para llevar esos pantalones...

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