Se acerca la
época de monzón a Kuala Lumpur. Las calles de 1 Petaling quedan desiertas. Sólo
logro atisbar a un valiente que, más que caminar, nada, cargado con su paraguas
e intentando esquivar la fuerte lluvia, sin ningún éxito. Pitidos de coches y
sirenas de ambulancias resuenan en la autovía al ritmo de estrepitosos truenos
que dan lugar a una orquesta desafinada. Una corriente de agua arrastra una
motocicleta calle abajo y cinco personas comienzan a empujar un coche anclado
sobre el asfalto. Nadie imaginaría salvo los autóctonos, demasiado
acostumbrados a esto, que una mañana soleada desembocaría en una momentánea
inundación. La tormenta de hoy, sin ninguna duda, ha desbancado a aquellos
chubascos londinenses que, en comparación, no eran más que cuatro gotas
refrescando la ciudad del Big Ben.
El cielo se ve salpicado por numerosos relámpagos mientras los truenos no dejan tregua al silencio. Mis compañeros europeos y yo abandonamos la oficina, sorprendidos, para tomar algunas fotos y hacer algún que otro video mientras que el resto, residentes desde hace años en Malasia, siguen tecleando en sus ordenadores como si nada y preparando el lanzamiento de la plataforma internacional de colaboración de ONGs que se inaugura mañana a la vista de los medios y de algún que otro famoso y personaje político.
Se acaba el descanso. Guardo mi móvil en el bolsillo sin dejar de contemplar el aguacero y me dispongo a volver a la redacción para ultimar los preparativos del gran evento de mañana. Tras una hora extra de trabajo, acaba mi jornada laboral. Toca cenar, arroz y verduras, para variar, y esperar a que caiga el chaparrón.
Tras degustar un manjar exquisito, original y para nada picante (imagino que habréis captado el tono irónico), salgo a la calle con mi amigo Ari y Gabriella, una italiana con la que hemos congeniado muy bien quizás por el carácter mediterráneo, y nos sentamos en nuestro rincón de siempre. A falta de pubs, buenos son bordillos. Allí, como siempre, debatimos y hablamos de planes de futuro (cada cual más incierto) mientras nos comemos un helado y nos fumamos un cigarro contemplando la lluvia, que empieza a menguar.
La tormenta me
dio qué pensar. Esta experiencia empezó como un enorme diluvio de emociones. La
desesperación y la nostalgia actuaron como las primeras gotas de lluvia que
inauguran un chubasco pero, no le falta razón al refranero español, después de
la tormenta, llega la calma. Los relámpagos se desvanecen y las nubes abren
paso a un arcoíris que decora un cielo azul. Me doy cuenta de que, al igual que
la tormenta, mi incertidumbre va poco a poco desapareciendo. Serenidad. Calma.
Tranquilidad. Con estas sensaciones finaliza mi día. Hoy tomé una decisión.
Volverá a llover, lo sé. No importa. Esperaré al arcoíris.

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