Con su traje
de soldado se creía inquebrantable. Se reía de la debilidad, se crecía ante lo
imposible. Pisaba fuerte, mirando hacia delante y no le temía a nada. Hasta su
última batalla, en la que sin saber cómo descuidó su escudo. Ahora, dañada,
pagaba las consecuencias.
Resentida,
alzó la vista hacia su armadura, la volteó y respiró aliviada. Detrás se
escondía una pluma, que usaba como paño de lágrimas tras cada una de sus
derrotas. Encontró en las palabras su vía de escape y en la tinta su evasión de
la realidad. Su alma se iba desnudando con cada letra escrita. Sustituyó la
espada por su pluma y escribió durante horas.
La rabia era su inspiración. La indiferencia lo que avivaba su furia.
¿Cómo había llegado a ese punto? La
impotencia se convirtió en su peor enemiga. No se reconocía. Ella antes no lloraba, ella antes no sentía.
Sólo luchaba y ganaba. ¿Y ahora? Batalla perdida. Asumió la derrota pero aún
así gritaba de ira por haber consentido que hubieran accedido a su interior de
cristal. Frágil. Decidió dejar de luchar contra el enemigo para librar la cruzada
más dura de todas: combatir contra ella misma.
Miró el papel.
Páginas y páginas plagadas de frases sin sentido alguno, con muchas preguntas y
ni tan sólo una respuesta. Para resolver dudas se necesita un diálogo, para
dialogar se necesita de dos y ella estaba sola con su pluma. Tinta a borbotones
y papel mojado fue el único resultado de su obra, mediocre y sin desenlace.
Incrédula de verse embaucada (ella, la que se dedicaba a embaucar) volvió a
mirar el papel. Papel mojado. Se acabó, ya no iba a llorar más. Dejó de
escribir y decidió colocarse su coraza, firme, bien sujeta. La próxima vez no
se la quitaría. No, la próxima vez no. Tocaba volver a ser roca.

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