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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Día 22: Roca, cristal... roca

Con su traje de soldado se creía inquebrantable. Se reía de la debilidad, se crecía ante lo imposible. Pisaba fuerte, mirando hacia delante y no le temía a nada. Hasta su última batalla, en la que sin saber cómo descuidó su escudo. Ahora, dañada, pagaba las consecuencias.
Resentida, alzó la vista hacia su armadura, la volteó y respiró aliviada. Detrás se escondía una pluma, que usaba como paño de lágrimas tras cada una de sus derrotas. Encontró en las palabras su vía de escape y en la tinta su evasión de la realidad. Su alma se iba desnudando con cada letra escrita. Sustituyó la espada por su pluma y escribió durante horas.  La rabia era su inspiración. La indiferencia lo que avivaba su furia. ¿Cómo había llegado a ese punto?  La impotencia se convirtió en su peor enemiga. No se reconocía.  Ella antes no lloraba, ella antes no sentía. Sólo luchaba y ganaba. ¿Y ahora? Batalla perdida. Asumió la derrota pero aún así gritaba de ira por haber consentido que hubieran accedido a su interior de cristal. Frágil. Decidió dejar de luchar contra el enemigo para librar la cruzada más dura de todas: combatir contra ella misma.
Miró el papel. Páginas y páginas plagadas de frases sin sentido alguno, con muchas preguntas y ni tan sólo una respuesta. Para resolver dudas se necesita un diálogo, para dialogar se necesita de dos y ella estaba sola con su pluma. Tinta a borbotones y papel mojado fue el único resultado de su obra, mediocre y sin desenlace. Incrédula de verse embaucada (ella, la que se dedicaba a embaucar) volvió a mirar el papel. Papel mojado. Se acabó, ya no iba a llorar más. Dejó de escribir y decidió colocarse su coraza, firme, bien sujeta. La próxima vez no se la quitaría. No, la próxima vez no. Tocaba volver a ser roca. 

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