El día de ayer no prometía nada emocionante. Otra vez arroz de desayuno, recuerdos que, como cada día, me bombardeaban la mente sin dejar tregua y una sensación rara en el estómago, ni de hambre ni de lo contrario, daban la bienvenida a mi día 15. Vaya tarde me espera... pensé en voz alta.
Cansada, salí de la oficina, a sólo dos minutos de mi habitación (al menos mi reciente insomnio se ve compensado por un ahorro de tiempo para ir a trabajar).
Tenía ya un escrito preparado. Hablaba del pasado, de esa risa que resuena como un trueno en mi cabeza, de esa barrera entre dos tierras difícil de derribar. Hablaba de melancolía, nostalgia y una pizca de tristeza por sentir tan lejos aquello (aquél) que hace poco tenía tan cerca.
A falta de un click para subirlo al blog, compañeros de la ONG me propusieron un trato. "Vamos a divertirnos". Acepté.
Dejé el cansancio a un lado y sin comerlo ni beberlo acabé en un rascacielos, contemplando desde las alturas las torres Petronas, que justo enfrente brillaban, aún más bajo el cielo de una noche de miércoles.
Me alegré de haberme forzado a cambiar de aires. Pude también descubrir otra faceta de algunos compañeros con los que pensaba que nunca congeniaría. Las apariencias engañan. Correcto.
Me alivió que la tarde diera un giro de 360 grados. Pero lo que más me agradó es que el primer escrito dejara de ser el protagonista de mi día. Ayer no escribí, lo sé... Y no sabéis cuánto me alegro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario