Me desperté en Malacca, una ciudad turística situada al sur de Malasia, y con legañas en los ojos empecé literalmente a enrollarme en una tela azul y dorada, con la indispensable ayuda de mi compañera Keti. Eran las 5 de la mañana, tan sólo habíamos dormido cuatro horas pero el sueño no importaba.
Nos encaminamos hacia el templo hindú donde los novios, ahora marido y mujer, y sus familiares esperaban congregados alrededor de una sala decorada con figuras de dioses, alfombras de terciopelo y decenas de utensilios que utilizarían en sus rituales durante la ceremonia de unión.
Hay cosas que en muchas religiones no cambian y en este caso el novio también fue el primero en aparecer en escena. Vestido de blanco y junto con sus familiares más cercanos y el brahmán (sacerdote hindú) empezaba el primer ritual de ofrenda al fuego al compás de música tradicional en directo. Tras ello, los hombres abandonaban momentáneamente la sala para cederle el turno a la novia, acompañada por su madre y demás allegados, hasta que finalmente los dos se unieron para proseguir con el ritual satapadi. Cogidos de la mano y vestidos con sus mejores galas, la pareja comenzaba a dar vueltas alrededor del fuego como símbolo de unión para completar el matrimonio.
Tras el cántico de los mantras y la lectura de textos sagrados para bendecir a la pareja, los novios se intercambiaban sus coronas de flores y él ataba un collar alrededor del cuello de su esposa como símbolo de fidelidad. Ya estaban unidos en matrimonio y, como si del final de una boda cristiana se tratara, los invitados, ente ellos yo, arrojábamos arroz a los recién casados para desearles prosperidad en su nueva vida juntos. Al fin y al cabo, dentro de la diferencia siempre puede haber un símil.Por si la primera ceremonia nos hubiera sabido a poco (todo lo contrario), a las tres de la tarde pudimos asistir a una misa cristiana en la Iglesia de San Javier, ya que en el hinduismo está permitido el matrimonio entre personas de distintas creencias.
Nunca pensé que pudiera vivir tan de cerca una de ellas. Por un día me convertí en hindú. Por eso, nunca me olvidaré de esta boda, de esta experiencia, de mi decisión. Vine para descubrir lo diferente, aprender a respetarlo y tener la suerte de formar parte de ello. Para sentirse vivo no basta con respirar. Y yo quiero seguir viviendo.

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